Leí el término por primera vez en el libro Guerras Posmodernas de Jesús M. Pérez, publicado en el año 2010. Escribe su autor “El concepto Guerras Posmodernas lleva implícito en su nombre la idea de superación histórica de las guerras de la Era Moderna… precisamente la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría fueron una época de transición hacia la era de las Guerras Posmodernas, que arranca con el fin de la Guerra Fría”

Lo cierto es que las guerras posmodernas se libran en una era en que los estados-nación no son los únicos actores relevantes en el ámbito internacional.  Ahora comparte la arena con organizaciones supranacionales, como la ONU, OEA, y con organizaciones subestatales, como son grandes empresas, organizaciones no gubernamentales y gobiernos locales. Todas ellas tienen hoy una proyección internacional, sea por su poder económico, su capacidad de introducir temas en el debate público, su poder para introducir cambios en la legislación internacional, etc.

Al respecto escribe  Jesús M. Pérez “la novedad es que encontramos organizaciones que no tienen nacionalidad, sino carácter transnacional. De especial relevancia para el concepto de Guerras Posmodernas es que dentro de esos actores no estatales transnacionales encontramos organizaciones armadas, terroristas, criminales, etc”

Hacia allá apunta la caracterización que hizo El vicepresidente de los Estados Unidos, Mike Pence en su gira por cuatro países de latinoamérica en agosto de 2017 “Lo que estamos viendo en Venezuela es la tragedia de la tiranía”, dijo. Agregó que un Estado fallido en Venezuela pondrá en peligro la seguridad y la prosperidad de todo el hemisferio occidental del planeta. Puntualizó que el estado fallido de Venezuela traerá a la región “más tráfico ilegal de drogas, muertes e inmigración ilegal comprometiendo nuestras economías”

Citando de nuevo a Jesús M. Pérez tenemos que “Las Guerras Posmodernas son la forma de conflicto propia de la sociedad de la información en un mundo globalizado, donde los medios de comunicación e Internet ocupan un lugar importante. Así que la construcción narrativa del conflicto puede llegar a ser el elemento fundamental del conflicto. Esto es, para uno o varios bandos enfrentados la clave de su victoria puede estar no en el uso de la fuerza en el campo de batalla sino cómo su causa es presentada ante la opinión pública internacional para provocar una respuesta que lleve a actuar a gobiernos, organizaciones e individuos. En tal caso no es relevante lo que pasa sobre el terreno o lo sólida de la causa, sino cómo se construye la narrativa en los medios”.

Venezuela en somalización, un estado fallido

La caracterización que Pence hizo de Venezuela como estado fallido tiene fuertes soportes. El desmantelamiento de las instituciones del estado, la tasa de criminalidad, el colapso económico, la escasez, indican lo que en muchas zonas de Venezuela caractericé como la somalización, donde en vastas regiones del país el control territorial y social lo ejercen grupos criminales.

La somalización es  la destrucción violenta en un Estado del orden jurídico, la autoridad y los derechos de la gente a manos de grupos rivales.

Es un proceso en expansión. El Estado Sucre y el Delta del Orinoco están somalizados. El Arco minero, zonas del Estado Guárico, de Estado Aragua, el Sur del Lago, el codo tachirense, el oriente del Estado Falcón y el occidente de la Guajira también.

Ahí mafias transnacionales del narcotráfico, la guerrilla, el contrabando, el secuestro, la extorsión, el hurto y la minería ilegal han sustituído a la institucionalidad y ejercen el control sobre la población y el territorio

El Fondo para la Paz, desarrolló hace años el Índice de Fragilidad de los Estados, compuesto por cuatro grupos de indicadores: cohesión, políticos, económicos y sociales. Para 2019 Venezuela tiene un puntaje de 89,3 el peor de su historia y el peor del continente americano, sólo seguida por Guatemala. Sumando el Caribe, sólo Haití tiene mayor fragilidad.

Al aumento de la fragilidad del Estado Venezolano, hasta llegar al umbral de los niveles de alerta del Índice, son dramáticos. 2019 es su sexto año consecutivo de aumento de la fragilidad, y fue el que más aumento (+3,1 puntos) de 2018 a 2018 en el mundo, empatado con Brasil. Ocupa el quinto puesto entre los seis primeros países con los peores desempeño en el Índice (178 países en el mundo) en los últimos 10 años, solo superado por Yemen, Siria, Mali y Libia, todos ellos con conflictos internos armados.

La notable debilidad de Venezuela, incluyendo sus fuerzas armadas, las organizaciones criminales transnacionales con apoyo local han penetrado o colonizado importantes instituciones de la estructura institucional del país. Hoy en el país convergen procesos de exterminio, por acción u omisión, persecución y desplazamientos forzados, conflictos armados entre bandas por control territorial, y el establecimiento del crimen organizado.

Todos los pecados son veniales, sólo uno es mortal

Con el estado frágil, fallido, se ha producido una fractura que ha parcelado el poder oficialista en 5 grandes grupos nacionales y varios regionales, que cada uno de ellos intentando la perpetuidad en el poder buscado su autosuficiencia económica, control de la institucionalidad formal y normas de coexistencia con los grupos rivales. Es decir en coopetencia (cooperación-competencia) en la degradación y saqueo del Estado.

La coopetencia se establece, sigilosamente, en una especie de Equilibrio de Nash, tipo Guerra Fría, donde las partes en pugna, pero en coopetencia,, se aseguran mutuamente la destrucción, en un código de conducta mafioso donde “todos los pecados son veniales (perdonables), no importa lo horribles que hayan sido, (eso es negociable) pero sólo uno, el mortal, dispara la guerra: La traición. “leales siempre, traidores nunca” es el código de honor entre esas mafias. La traición significa develar la naturaleza criminal de sus actividades, hacerlas públicas, es decir romper con el más preciado manto protector que han fabricado durante años para proteger sus intereses criminales: Que son representantes legítimos de la institucionalidad de un Estado-Nación. La traición los expondría a rendir cuentas, y eso es imperdonable.

El manto protector: La “soberanía” de los Estados-Nación

Tenemos entonces que una caracterización precisa de los actores, sus fortalezas y debilidades, son fundamentales para triunfar en esta guerra posmoderna.

Eliminada la posibilidad de ganar una guerra convencional, por la “hiper” ventaja militar de EEUU sobre cualquier otro país en el mundo, y aún más de la OTAN, la guerra contra “Occidente” (las democracias liberales del mundo) se libraría de manera posmoderna, donde convergería el control político con el secuestro de la institucionalidad formal.

¿Y por qué el control político? Porque es necesario la protección de las instituciones supranacionales, regionales y sus preceptos liberales, como manto protector a las mafias políticas, pero en esencia devenidas en criminales. El crimen es el armamento no convencional, por eso hacen a los civiles parte integral de la guerra posmoderna, que se libra no en un territorio, sino en múltiples planos y espacios.

Es por ello que los enemigos de las democracias liberales (un ciudadano autónomo frente al Estado) penetran sus principios para su propia protección. El más usado, el de la autodeterminación de los pueblos, usando la mampara de un Estado-Nación como cueva segura e inviolable de un Estado-Mafioso o fallido. “La soberanía es inviolable” argumentan las mafias. Y aplauden los carteles transnacionales.

“The Onion War”

El Foro de Sao Paulo sintetiza la estrategia, dentro de la lógica de una guerra posmoderna, de la lucha mafiosa contra las democracias liberales. Fidel y Lula lo acordaron años atrás. Llegaron a tener 14 presidencias de estados nación, que fueron perdiendo porque no pudieron demoler desde adentro la institucionalidad. Sólo sobreviven de esa etapa de oro cuatro: Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Cuba.

Los antidemócratas del Foro idearon una estrategia: tomado o no el poder político, en los Estado-Nación, la revolución, el valor supremo, (la guerra a las democracias liberales) debe perdurar. Y diseñaron una estrategia por capas o lo que podríamos denominar un Onion War, a semejanza del El enrutamiento de cebollasimilar a la que se utiliza para encriptar o esconder mensajes en las redes digitales.

En el caso de Venezuela, la capa visible de la cebolla es Maduro. Luego más atrás, protegido por las capas exteriores está el régimen, y más al fondo, está la revolución, el fin último.

En la lógica de los enemigos de las democracias liberales, en su Onion War tenemos que:

– Las cebollas se componen de capas
– Al despegar una capa, hay otra debajo
– Cada capa es más intensa, más potente.
– Pelar cebollas te hace llorar

Significa de manera simple, un esfuerzo incremental, muy grande, que esas democracias liberales tienen que hacer para evitar ser derrotadas. Ellos, nuestros enemigos, cuentan con sus aliados, criminales, para ello.

Hoy las mafias que dominan Venezuela sitian a Maduro. Saben que con un esfuerzo coordinado de Occidente, su mejor opción es entregarlo, para preservar la “revolucion”. Maduro es una distracción, el que tiene el mango del paraguas de la “no intervención”. Mientras el Foro de Sao Paulo prepara su congreso en Caracas. Y las mafias diseñan nuevas rutas, nuevos paraísos fiscales y nuevos métodos, sigilosamente. El régimen también se defiende. “Leales siempre, traidores nunca” es un recordatorio constante

El Mecanismo de Oslo

Una sola pregunta a quien supongo a los representantes de los demócratas liberales de Venezuela: ¿Saben lo que enfrentan?

Conocer el mecanismo de la guerra posmoderna es el primer paso. Eso incluye a los muy distantes noruegos. Sobre todo luego de la lección del “proceso de paz” en Colombia.

Los malandros y criminales de las Farc, Iván Márquez y Jesús Santich ya están en Venezuela.

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