De acuerdo con la ONU: “las armas de destrucción masiva son armas diseñadas para matar a una gran cantidad de personas, dirigidas tanto contra civiles como contra militares. Estas armas no se utilizan generalmente en un objetivo muy específico, sino más bien sobre un área extendida más allá del radio de una milla, con efectos devastadores en las personas, infraestructura y medio ambiente”. Estas armas pueden ser biológicas, químicas o nucleares. Ejemplo de estos artilugios- que demuestran fehacientemente que el hombre es verdaderamente lobo para el hombre -, encontramos: el ántrax, el napalm, los misiles de sensores fusionados, el misil balístico intercontinental, las municiones a base de uranio.

Pero sin lugar a dudas las más mortíferas y peligrosas son las armas nucleares, sólo una puede destruir una ciudad entera, además de potencialmente matar a millones de personas, y poner en peligro tanto el medio ambiente como la vida de las generaciones futuras, ya que sus efectos a largo plazo resultan devastadores.

La historia reciente de la humanidad es prolija en lo referente al uso extendido de estas armas a lo largo de todo el siglo XX, grandes han sido los esfuerzos de los organismos internacionales por impedir o limitar el uso de estas devastadoras e inhumanas armas, en especial las nucleares, los resultados no son tan halagüeños como esperábamos, aún algunos países porfían en preservar sus inventaros nucleares o en construir nuevas bombas para poner en jaque a sus enemigos y a la paz mundial.

A esta cruenta realidad, hay que sumar hay que añadir las millonarias cifras de muerte y destrucción que se registran en países gobernados por socialistas de izquierda o llamados nacionalistas, y por el nefasto e indolente comunismo. Alemania, China, Camboya, la extinta Unión Soviética, etc.

En América Latina contamos con el aporte que la Revolución cubana ha realizado para engrosar las cifras de este genocidio universal.

En Venezuela, la Revolución Bolivariana, patrocinadora del depredador Socialismo del siglo XXI no se queda atrás. La deliberada y progresiva destrucción de las instituciones de todo tipo, de las universidades, del sistema de salud, de las relaciones internacionales, son más que evidentes, ya clara y tajantemente lo afirmó una connotada dirigente del proceso revolucionario: Nosotros no vinimos a gobernar bien…sino a hacer la Revolución.

En lo concerniente a las muertes derivadas de esta búsqueda obcecada de la Revolución, la UCAB señala:” Las últimas cifras de violencia y crímenes sitúan a Venezuela como el país más inseguro y peligroso de América Latina y del mundo. Entre 1999, año en el que llegó Hugo Chávez al poder, hasta 2018, se han registrado 333.029 muertos por violencia. De media, perdieron la vida 40 personas por día, y en su mayoría jóvenes en condiciones de pobreza.”

Ni la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos pudo ocultar las lágrimas de dolor al constatar tanta saña, tanta maldad.

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