El Infierno en la Tierra, esa metáfora que tantas veces se usa con frivolidad para definir hasta el disturbio en una cancha de fútbol…, sucedió realmente y con dimensiones colosales.

El sábado 26 de abril de 1986, la central nuclear Vladimir Ilich Lenin, hoy norte de Ucrania y en ese momento dominio de la URSS, lanzó hacia el cielo una nube de dióxido de uranio, carburo de boro, óxido de europio, erbio, circonio y grafito…, quinientas veces mayor que el histórico hongo sobre Hiroshima (agosto de 1945), nacimiento de la Era Atómica.

Lo inmediato: en la planta murieron dos empleados, y otros veintinueve en los tres meses siguientes.

Sus cuerpos fueron sepultados en un enorme hoyo en la tierra. Sus féretros, luego de cerrados, fueron depositados en otros sarcófagos, pero de plomo, y cerrados con soldadura en todo su contorno, y por fin, la fantasmal tumba fue cubierta con toneladas de cemento…

A diferencia de los sarcófagos egipcios, cuyas fauces fueron abiertas tantas veces y exhibidos los embalsamados faraones…, el estremecedor osario de Chernobyl no debe ser abierto jamás: algunos de los venenos que contaminaron los cuerpos pueden durar ¡hasta veinticuatro mil años!

El desastre y la tragedia de Chernobyl, a la par de la explosión nuclear del Fukushima I, Japón, 2011, son los más graves en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares, y es también una de las grandes catástrofes sufridas por el medio ambiente.

La explosión de Chernobyl –palabra que en ruso significa “Vida negra” (¡!) sucedió en el reactor 4: un sobrecalentamiento descontrolado del núcleo del reactor que voló su tapa, de mil doscientas toneladas, y dejó escapar materiales que formaron una nube radioactiva que afectó, en distintas intensidades, a trece países de Europa central y oriental: Bielorrusia, Rusia, Ucrania, Escandinavia y gran parte del oeste de Europa.

Paradoja: el accidente se produjo… durante una prueba de seguridad (reducción de potencia). Pero también por una serie de torpezas, impericias, reacciones tardías de los empleados, y en un momento fatal: el cambio de turno de una de las tres dotaciones, que no le dio tiempo al equipo nocturno, recién llegado, para reaccionar según el protocolo. Pero en realidad, la prueba de seguridad debía ser terminada por el primer turno, a la mañana…, pero por desidia u otras razones nunca bien explicadas, el plan no fue cumplido, y la responsabilidad cayó sobre Alexander Akimov, jefe del último turno, y Leonid Toptunov, a cargo del régimen operacional del reactor, quien poco antes de morir por las atroces quemaduras dijo que había apretado el botón AZ-5 (Defensa de Emergencia rápida), pero fue demasiado tarde…

Día a día crecieron las letales consecuencias. Muy poco después de la explosión, mil personas sufrieron la mayor dosis de materia contaminante: muerte segura a corto o largo plazo…

La onda expansiva afectó, también en distintos grados, a las seiscientas mil almas que trabajaron en la descontaminación, a las cuatrocientas mil que vivían en las áreas más cercanas al colapso del reactor, y no dejó indemnes a ninguno de los cinco millones que vivían en pueblos y barrios de la zona alcanzada por los tentáculos del veneno.

Pero la tragedia padeció otro telón de fondo: la irresponsabilidad de los jerarcas del régimen soviético, que decidieron –como sucedió con todo cuanto ocurrió detrás de la Cortina de Hierro– ocultar el desastre. “Que el mundo no se entere”, fue la ridícula consigna: antes de esa reunión a puertas herméticamente cerradas…, Suecia, Suiza e Inglaterra ya habían recibido claras señales de la explosión.

Héroe y antiéroe. Los grandes bonetes del Kremlin nombraron a Boris Shcherbin, viceprimer ministro –que ignoraba todo respecto de una central nuclear–, que no tardó en enfrentarse duramente con el físico de alto rango Valere Legasov.

Mientras desde los lujosos despachos de los súper burócratas se emitían, para el público, noticias de esperanza (“Fue un pequeño incidente”, “Nadie corre peligro”, “Sigan tranquilos con sus vidas”), y algo peor: se negaron a evacuar a tiempo poblaciones directamente contaminadas para evitar el pánico –decisión criminal–, cuyos habitantes, con el correr del tiempo, sufrirán las clásica consecuencias de la radioactividad: cáncer, bebés nacidos con deformaciones, males pulmonares y hepáticos…

La durísima pulseada entre el físico Legasov y el ignorante títere Shcherbin, por fin, la ganó el primero. Pero también tarde. Una escuadrilla de helicópteros bombardeó el reactor, cuyo techo de grafito ardía sin cesar, con cargas de arena, arcilla, plomo, dolomita y boro. Pero muchos aparatos cayeron tragados por la columna de humo…, y ninguna de las cargas dio en el blanco.

Los alrededores más cercanos de la central nuclear sufrieron una radiación de veinte mil roentgens por hora (¡dosis letal: cien por hora!), de modo que muchos habitantes recibieron dosis mortales en menos de un minuto.
Otros héroes con riesgo de vida: los bomberos. Gracias a ellos y a su denodado trabajo en las tres primeras horas del accidente, el fuego del reactor 4 no se extendió hasta toda la central nuclear.

Violando las regulaciones de seguridad, el techo del edificio del reactor 3 se construyó con una mezcla que incluyó bitumen, material altamente combustible: mientras los jerarcas seguían lanzando señales de “no pasa nada grave”.

Recién el 14 de mayo, dieciocho días después del colapso, el secretario general Mijaíl Gorbachov leyó un largo (pero tardío) informe en el que admitió la magnitud de la tragedia. Pero la prensa internacional lo acusó de minimizar para encubrir los graves efectos colaterales que –sin embargo– ya empezaban a golpear a casi la mitad del mundo.

Los peores elementos contaminantes arrojados por Chernobyl son el yodo radioactivo (desintegración: ocho días), el estroncio y el cesio (treinta años), que están en las capas superficiales del suelo y son absorbidos por plantas, insectos, animales y hongos, que luego invaden la cadena alimenticia…

Luego del desastre, los verdes pinos de un área cercana al reactor se tornaron marrón dorado, y murieron. Hoy, ese cementerio vegetal se llama “Bosque Rojo”. Además, todos los países europeos afectados por la contaminación cumplen, aun hoy, severos controles sobre la carne de jabalíes, ciervos y otros animales de caza, lo mismo que sobre la flora.
El reactor 4 de Chernobyl estuvo rodeado por un sarcófago protector, pero el tiempo, la radiación, el calor y la corrosión irradiada por los materiales ocultos lo degradó a lentamente, de modo que en noviembre de 2016, a treinta años de la tragedia, se inauguró el NSC (Nuevo Sarcófago Seguro), móvil, en forma de arco, ciento diez metros de alto, ciento cincuenta de ancho y doscientos cincuenta y seis de largo, y más de treinta mil toneladas de peso, calculado para durar cien años.

La explosión, sus muertos, sus enfermos, el desprecio por los protocolos y el ocultamiento de la verdad no deja de ser, también y con señales claras, un doloroso símbolo del fin del régimen soviético, sucedido tres años después con un estrépito no nuclear y libertario: la caída del Muro de Berlín.

La sorpresa. Cuando parecía que el mundo –excepto el cercano al horror– había olvidado a Chernobyl, una serie de HBO y la británica Sky (cinco capítulos) no sólo reflotó aquel espanto: una encuesta entre más de ochenta mil televidentes la votó como “la mejor de la historia” (promedio: 9, 7 puntos sobre 10), superando a viejas y nuevas: The Good Fight, Killing Eve, Veep, Fleabag, Breaking Bad, Band of Brothers, Planeta Tierra y (créase o no) Game of Thrones.

Los dos personajes centrales, el físico y el burócrata, los encarnan con gran nivel actoral, en ese orden, Jared Harris y Stellan Skarsgard.
Al parecer, los jóvenes llevan la delantera entre los fans de la serie, titulada Chernobyl: un dato que quizá revela una preocupación por el destino del planeta que no tuvieron las generaciones pasadas.

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