Bernardo Jurado | Pedagogía del terror

Bernardo Jurado

Esa pedagogía del terror, con frecuencia castrante de las iniciativas, llegó a gustarme y yo mismo fui con el tiempo, el can cerbero del averno de mis alumnos, aunque siempre esperaba inspirarlos y en algunos casos ellos me han dicho, seguramente por gentileza, que lo logré.

Me temo que hemos sido estudiantes profesionales, yo lo sigo siendo, pero con otro cariz, con otra visión más reposada y mi esposa se ríe cuando le cuento mis lecturas adolescentes y mis vagas interpretaciones de Nietzsche, de Kafka o del mismo Hitler con “Mi lucha”, la vacuedad y el peligro de leer esas cosas a esa temprana edad, solo con motivos sexuales, para impresionar a mis novias que a la vez eran escasas intelectualmente porque todos lo éramos, pero estudiaba en mi colegio no por vocación, mi verdadera vocación era la lectura, porque no tenía agallas para escribir y seguía leyendo y amoblando un poco la mente, mientras estudiaba esas materias nunca usadas en mi vida porque si no lo hacía lo mas seguro es que sería pechado, castigado, sancionado y esto que relato también le paso a Usted, a casi todos me temo, excepto a Nicolás Maduro que decidió nunca estudiar.

 Los exámenes para cumplir mi vocación de ser oficial naval fueron propios de los astronautas, estábamos todos asustados, manejados por la amenaza del deshonor si reprobábamos y así seguimos amenazados, esa es mi conclusión y nos acostumbramos tanto que parecía natural, normal y llegó el primer ascenso de la bella carrera, además la calificación a bordo con los más doctos oficiales llegados de Italia, otros formados en Estados Unidos, hablaban un idioma técnico operativo nunca visto por mí y esa pedagogía del terror, con frecuencia castrante de las iniciativas, llegó a gustarme y yo mismo fui con el tiempo, el can cerbero del averno de mis alumnos, aunque siempre esperaba inspirarlos y en algunos casos ellos me han dicho, seguramente por gentileza, que lo logré.

Entonces me puse viejo y ya nadie me aterrorizaba, porque seguía leyendo, seguía estudiando la batalla de Latakia, el Peloponeso, Vietnam, Midway, pude leer todo lo que Tom Clancy escribió, me bebía los artículos profesionales de la revista Proceedings del Instituto naval norteamericano para escupírselo en la cara con toda echonería y arrogancia a mis alumnos que ahora son mis amigos y decidí no seguir victimizándolos y comencé a dar clases de postgrado a civiles y ninguno de ellos reprobó y para mí fue la puesta a punto de cambiar el ángulo del terror al de la inspiración y créanme que es mucho mejor y me temo que es el que aplicamos aquí en los Estados Unidos.

Hoy día, dueño de mi destino, dueño de mi negocio, dueño de mis holgazanerías y mi cuenta bancaria, con frecuencia mi esposa me pide que me perdone, que no trabaje con tanto ahínco, que me relaje un poco, que duerma más y no quiero, porque esa parte de buscar el conocimiento me apasiona y quiero saberlo todo y quiero conocerlo todo y cada vez estoy más lejos de hacerlo y es allí donde se encuentra la paradoja. Sí, el conocimiento basado en la inspiración es prelatorio para lograr aprender con mayor rapidez, pero me temo que nadie logra superar las barreras sin un mínimo de oposición.

Bernardo Jurado es el autor de “La fragancia de la rebelión” y ocho libros más, todos a la venta en Amazon en todos sus formatos.

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