CONTRAPLANO | La pesadilla y el psicópata

UCV en ruinas

Por Juan Carlos Wessolossky

Había transcurrido apenas un año de esta dura y compleja etapa venezolana, cuando la naturaleza repentinamente nos hizo una advertencia incomprensible e indescifrable para todos, pero la cual nos mostraba hacia donde iría del país. Había llovido mucho por aquellos días, cuando el rumor de las piedras sonó como un eco en toda Venezuela y al despertar descubrimos que una vaguada había hecho estragos a una población completamente indefensa, que poco pudo hacer ante la furia del agua y el lodo. Sin duda alguna, esta tragedia marcaría el comienzo de dos décadas de una pesadilla política protagonizada por un grupo de hombres y mujeres y que yo llamo el cartel de los traidores.

Inmediatamente, luego de este desastre natural, una voz que representaba la bandera de la honestidad y de la lucha enérgica contra la corrupción, se alzó y se negó a recibir ayuda humanitaria que viniese de los Estados Unidos, como una declaración de guerra asimétrica al ismo capitalista. Esa voz pertenecía a uno de los traidores más funestos de nuestra historia contemporánea, Hugo Rafael Chávez Frías, un resentido social, un mediocre teniente coronel, que tenía, como todo buen psicópata, la cualidad de encantar a través de sus mentiras populistas a una población hambrienta de justicia y que llevaba años reclamándole a los partidos de la democracia, por los cientos de sobornos, robos y estafas a la nación. Chávez era un hombre carismático, que prometía justicia y juraba ante una constitución moribunda, que trabajaría por sanear el país, ayudar a los más necesitados y convertirnos en potencia mundial, pero con los años descubriríamos no sólo a un dictador, sino a un ser humano lleno de odio y de envidia, especialmente hacia aquellos que habían sido exitosos en el pasado, y que llevaría a Venezuela a la ruina y a la destrucción total.

La tragedia o el desastre de Vargas fue un enorme deslave o un conjunto de deslizamientos de tierras ocurridos en ese estado, que en esa manía que siempre ha caracterizado al chavismo, de rechazar el pasado y cambiarlo todo a su antojo y conveniencia, ahora le ha cambiado el nombre a estado La Guaira. La tragedia de Vargas es considerada el peor desastre natural que ha ocurrido en el país, después del terremoto de 1812 y de 1967 ambos sucedidos en la ciudad de Caracas. Las cifras de fallecidos se calculan en unos 30.000 muertos, dependiendo de la fuente, porque en ese instante ya el chavismo comenzaba a mostrar como sería su relación con la información y con la verdad; este suceso aparece en el Libro de Records Guinness, como el alud de barro que ha ocasionado el mayor número de víctimas mortales.

Es verdad que no se puede culpar al chavismo de algo incontrolablemente natural como una vaguada, pero si podemos analizar las decisiones posteriores y tener la libertad de pensar que la madre naturaleza nos hacía una advertencia que nadie podía escuchar, y que esta tragedia bautizaba la llegada del peor desastre político y administrativo de nuestra historia. Los venezolanos no imaginábamos, para ese momento que, así como quedaron sepultados por el lodo miles de venezolanos, también era el inicio del entierro de todos los poderes públicos de Venezuela.

Paso seguido a la tragedia de Vargas, el chavismo liderado por Chávez y Maduro, fue tomando decisiones muy bien planificadas para ir empobreciendo al país, y así, a través de la comida, el agua, la electricidad, la salud y la gasolina ir controlando a todo un pueblo. Veinte años de revolución han acabado con importantes compañías y han hecho que la población mendigue hasta para poder recibir agua; hace sólo un par de días veíamos como cientos de personas se aglomeraban y hacían filas para llenar sus envases con agua, en la cota mil, una de las arterias más importantes de Caracas a los pies del emblemático cerro EL Ávila, donde chorros de aguas de manantiales naturales bajan hasta la ciudad.

En ese constante deterioro que vive el país, esta semana, uno de los techos, de los reconocidos pasillos de la Universidad Central de Venezuela, patrimonio de la humanidad, se desplomó; como un signo más del deterioro de las estructuras del país y debido a algo muy sencillo, la incapacidad, desidia, falta de buena voluntad y falta de mantenimiento por parte del régimen. Recuerdo perfectamente en un pasado reciente, como el expresidente español, Felipe González, se refería al proceso de destrucción de Venezuela de una forma contundente y como él mismo dijo, en tiempo record: “Nunca he conocido un proceso de destrucción más completo de las instituciones, democracia, economía, productividad, salud y alimentación en el mundo, en un periodo tan corto de tiempo como ha ocurrido en Venezuela”. EL expresidente Felipe González, también añadiría: “Nunca pude imaginar que en Caracas iba a ver más muertes violentas al año que en Damasco en plena guerra de Siria”.

Es bueno resaltar, que un año después de esta tragedia de Vargas y de la llegada de Chávez al poder, la UNESCO que confiere a varios lugares o edificaciones en nuestro planeta la calificación de Patrimonio de la Humanidad o Patrimonio Mundial, le daría ese status a la Universidad Central de Venezuela, una universidad pública, la número uno del país, ubicada precisamente en el valle de Caracas y fundada en 1721. La UCV, como muchos la conocen,  es la institución de educación superior más antigua del país y sede principal de la Ciudad Universitaria de Caracas que como dije anteriormente fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y que hoy comienza a desplomarse, también, ante la desidia de los traidores.

Ante las recurrentes preguntas que nos hacemos los venezolanos, tales como: ¿Qué más tenemos que vivir como país? ¿Qué más nos puede pasar? Se me viene a la mente, la imagen de Wladyslaw Szpilman, interpretado por Adrien Brody, en el film El Pianista (The Pianist), una película dirigida por Roman Polanski y basada en el libro autobiográfico The Pianist (1946), sobre las memorias del pianista y compositor polaco-judío Wladyslaw Szpilman, un sobreviviente del Holocausto, que hoy aparece como respuesta a la pregunta que nos hacemos todos los días.

Al cerrar esta columna pienso que una coalición internacional fue necesaria para detener la demencia de un psicópata como Adolfo Hitler y los actos criminales de unos desadaptados como los nazis. Tal vez, una mañana cualquiera, nos levantemos celebrando que la pesadilla se ha terminado, y que hemos podido enterrar la sombra del psicópata.

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