Eduardo Casanova | Ciudad Bolívar

Eduardo Casanova Sucre

El 4 de marzo de 1946, lunes de Carnaval, la familia Casanova-Sucre (Marco Antonio Casanova, Carlota Sucre de Casanova y sus dos pequeños hijos, Carlota Emilia, de siete años, y Eduardo, de seis) llegó a Ciudad Bolívar después de viajar el sábado y el domingo desde Caracas. El domingo 4 llegaron tarde a Soledad, en donde tuvieron que dormir en una pensión porque cuando llegaron al Orinoco ya había partido la última chalana.

Ese lunes, luego de lograr a duras penas, con la ayuda de varios hombres, que la camioneta que los llevaba saliera de la arena de la ribera, fueron directamente al “Gran Hotel Bolívar”, un pequeño edificio de dos pisos ubicado en el Paseo Orinoco. Los padres se instalaron en la habitación más importante, que daba al Paseo y tenía un gran balcón, y a los hijos los relegaron a una habitación interior, que no tenía ventana sino una claraboya. Al día siguiente, desde el balcón, vimos el desfile de carnaval que nos pareció un gran espectáculo. Empezábamos con buen pie. Apenas unos días después ya estábamos instalados en nuestra pequeña casa guayanesa, uno de los “bungalows” de madera de los Liccioni, en El Morichal, relativamente cerca del aeropuerto.

Mi hermana, nuestra madre y yo ya habíamos conocido a una de las personas más importantes de Ciudad Bolívar: Malvina Rosales, una de las primeras mujeres que se atrevió a emplearse, a trabajar, en una época en la que se creía firmemente que las mujeres tenían que quedarse en sus casas y a lo sumo bordar, tejer o coser, pero nunca trabajar por un salario como cualquier hombre. Malvina rompió ese tabú cuando se empleó en el Banco de Venezuela, cuyo gerente fundador en Bolívar fue mi abuelo, Carlos Eduardo Casanova Tovar. Mi padre, de niño vivió en la antigua Angostura, en donde fue alumno muy aplicado de un maestro de apellido Fragachán, la conocía (o habría que decir que ella lo conocía a él), y de las primeras cosas que hizo (Poncho Casanova) al instalarse en la ciudad de su infancia fue llevarnos a la casa de Malvina, que quedaba en plena Plaza Bolívar, con vista a la pared de la catedral en donde fusilaron a Piar.

Malvina se emocionó mucho con la visita y nos dijo cosas muy bellas. Era una mujer encantadora y con mucha personalidad. También, en los primeros días de nuestra vida guayanesa, nos inscribieron en sendos colegios privados: a Carlota Emilia en uno que era de una amiga de nuestra tía María Devota (que se había casado con un guayanés de apellido Aristiguieta) y a mí en uno de curas. Ambos en pleno centro de la pequeña ciudad. Pero duramos poco en ellos. Carlota Emilia fue víctima de la violencia de la amiga de mi tía María Devota que se empeñó en que la niña debía usar crinejas, algo que era tabú para nuestro padre debido a que su hermana Carmen, que murió muy joven, en la misma semana que su mamá y también a causa de una tuberculosis, se peinaba con crinejas.

Y yo porque un cura se empeñó en que había tumbado una baba disecada, y como yo, con toda razón, lo negué, me obligó a ponerme de rodillas en un rincón, sobre municiones y con los brazos en cruz: mi padre, al verme así, me preguntó la causa, y cuando le expliqué lo acontecido, le dio una tremenda trompada al cura de marras y no solo le partió un labio sino que lo tumbó de culo, razón por la cual yo descubrí que los curas tenían piernas. En cosa de horas tanto Carlota Emilia como yo nos convertimos en alumnos del Grupo Escolar Estado Mérida (yo, hasta llegar a una edad más sensata, siempre creí que se llamaba “República de Mérida”) en donde nos fue mucho mejor.

En las mañanas, el Poncho nos dejaba en la puerta del Grupo Escolar (ambos estábamos en el turno de la mañana) y a mediodía nos íbamos a pie hasta nuestra casa. Al dejar la Avenida Táchira entrábamos a una calle de arena y a mí me encantaba quitarme las alpargatas y enterrar los pies en la arena caliente. En las tardes, después de almorzar, si no teníamos otra actividad solíamos jugar en el pequeño jardín de nuestra casa, especialmente en un par de árboles de algodón (“Gossypium arboreum” o algodonero arbóreo), muy distintos a las plantas rastreras de algodón que son mucho más comunes. El calor era infernal, pero nosotros disfrutábamos igual.

Detrás de nuestra casa estaba la de los Liccioni, que sí era una casa de verdad, y también la planta eléctrica de la ciudad, que era propiedad de los Liccioni. Como nuestro padre pasó su infancia en Bolívar conocía a medio mundo, y al llegar nos incorporamos a la “sociedad” guayanesa, los Casado, los Lezama, los Boccardo, los Trotta, los Hermoso, los Nieto y otras familias importantes de la región. Íbamos con regularidad al Club La Cancha, en plena Avenida Táchira, y muchos fines de semana salíamos en grandes grupos a visitar haciendas y hatos del interior del estado Bolívar, en especial algunos vecinos al Caroní, en donde aprendí no a nadar sino a flotar, cuando mi padre, sin previo aviso, me lanzó al agua diciendo “o nadas o te ahogas”. Y no me ahogué. Esos paseos se hacían en grandes caravanas, y los Casanova teníamos una auténtica camioneta de panadero, en la que el Poncho colocaba dos o tres bancos de madera, por lo que los niños se disputaban la posibilidad de ir con nosotros.

Viajábamos con las puertas de atrás abiertas y un adulto sentado para que los niños no se acercaran y no se cayeran. Nos sentíamos particularmente contentos cuando el adulto era Ramón Veloz, que se dormía para gran alegría de los pequeños, que le hacíamos todo tipo de rubieras. Ramón tenía la única estación de radio de esa época, creo que se llamaba “Ondas del Orinoco”, y cuando se estaba armando la caravana íbamos a buscarlo para que cumpliera su función de cuidador (y mártir) de los niños. En las casas de la haciendas casi todo el mundo colgaba chinchorros en los corredores externos, pero los Casanova dormíamos en nuestra camioneta: mi mamá y Carlota Emilia adentro, en un colchón que había viajado enrollado y amarrado, y mi papá y yo cada uno en un chinchorro guindado del gozne alto de una de las puertas y de un estantillo o algún árbol, si no había estantillos.

Cuando llegaba un avión, si ya no había luz del sol, alguien recorría varias calles y avenidas como un moderno flautista de Hameln y terminaba por armar una auténtica caravana de autos que se colocaban a ambos lados de la pista con los faros encendidos para improvisar un enorme balizaje, Allí llegaban los diarios de Caracas, que por lo general se leían grupalmente en la mañana del día siguiente en el Paseo, y que le servían a Ramón Veloz para sus noticieros radiales. Algunos fines de semana, si no se iba a las haciendas, se iba al Club Mi Rinconcito, formado por tres ranchos: uno que era el vestuario de las mujeres, otro que era el de los hombres y otro que era la vivienda de los cuidadores. Quedaba hacia el este del aeropuerto y tenía una “piscina”, que no era otra cosa que un pozo de cemento que se llenaba con el agua de una quebradita, con un “dique” de tela metálica en la entrada para que no se llenara de renacuajos.

Los “socios” se establecían en las orillas de la “piscina” y amenizaban su tiempo con un fonógrafo de manigueta. A veces e iba un poco más lejos, al La Candelaria, que tenía dos lagunitas unidas por una cascada. En una, la de arriba, se bañaban los hombres y en la otra, la de abajo, las mujeres y los niños. Y a veces, si algún hombre no tenía traje de baño, se metía en el agua como Dios lo trajo al mundo, y por eso estaba estrictamente prohibido que las mujeres y los niños subieran al balneario de los hombres. En ese tiempo, la ciudad no pasaba de 9.000 o de 10.000 habitantes, y todos se conocían. Hoy puede llegar a los 600.000. Tenía, como dije, una sola estación de radio, y hoy tiene 36. Había tres o cuatro escuelas, y hoy tiene una cuarentena y seis universidades. Era, sin duda, un mundo feliz, y hoy, como toda Venezuela, gime y sufre un régimen chavista de escasez y de ignorancia.

1 COMENTARIO

  1. Muchas gracias señor Casanova por ese ameno relato costumbrista sobre la Ciudad Bolívar de mediados del siglo pasado, época en la cual todas las ciudades de Venezuela eran hermosas, sanas y acogedoras.

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