Eduardo Casanova | Del reventón al pinchazo

A partir de 1917, Gumersindo Torres, “uno de los grandes venezolanos del siglo XX” (Tomás Polanco Alcántara),médico coriano nacido en 1875 y muerto en Caracas en 1947, había tratado de regular en favor de Venezuela el negocio petrolero. Fue el verdadero fundador del nacionalismo sano en el país, se dedicó en cuerpo y alma a impedir que se siguieran dando concesiones al voleo y sin ninguna programación, sobre la base de que el petróleo no es eterno y el país debía tratar de obtener de él todo lo que pudiese, mientras durara.

Nombrado por Gómez ministro de Fomento en 1917, su principal objetivo fue la promulgación de una Ley de Minas que salvaguardara los intereses del país. En octubre del 19 emitió un decreto sobre el carbón, el petróleo y otras sustancias, en el que establecía el principio de reversión de las concesiones. Y el 19 de junio de 1920 consiguió la primera Ley de Hidrocarburos favorable al país, pero la presión de las petroleras ante Gómez logró que se anulara y se sustituyera por otra, del 2 de junio de 1921, más favorable a las transnacionales, lo cual significó la salida violenta del doctor Torres del gabinete.

Torres actuó entonces con habilidad y fuerza, mostrando una extraña combinación de fuego y agua, acero y seda, que difícilmente se encuentra en el mundo. Una vez logrados sus objetivos se separó de la política y se convirtió por algún tiempo en diplomático. Desde luego que los extranjeros, al luchar contra el nacionalismo de Torres no lo hacían por principios, sino porque ya sabían que estaban en el lugar y en el momento apropiado, lo que quedó demostrado en 1922, cuando el pozo Los Barrosos Nº 2, cercano a Cabimas, en el Zulia (costa oriental del Lago de Maracaibo) “reventó” de manera sensacional.

En una excelente narración de autor anónimo, editada por Lagoven (“Los Antecesores / Orígenes y Consolidación de una Empresa Petrolera,” Cuadernos Lagoven, Caracas, Venezuela, 1989) se puede apreciar el tono de esa época, que llegó a tener connotaciones heroicas y pasó por muchísimos fracasos hasta consolidarse y echar a volar por los aires del mundo.

El “Reventón” aparece narrado así: “El 31 de agosto de 1818, la VOC (‘Venezuelan Oil Company’) abandonó un pozo somero en las afueras del pueblo de La Rosa. La Rosa era una zona primitiva del pueblo de Cabimas que se extendía por la costa oriental del lago, exactamente en donde el cuello de éste comienza a ensancharse hasta convertirse en el lago propiamente dicho. Atravesando el lago hacia el noroeste, se erigía la ciudad de Maracaibo igual que un centinela. (…) El pozo había sido perforado en una concesión llamada Barroso, aproximadamente a kilómetro y medio de la costa del lago. La VOC decidió perforar a mayor profundidad en el antiguo pozo e inició los trabajos el 31 de agosto de 1922. El pozo era el Barroso Nº 2, ahora el R-4. El 18 de agosto los perforadores llegaron al fondo de la perforación original  –a 103 metros. Encontraron arenas bituminosas entre los 337 y 384 metros, y a principios de diciembre, cuando el pozo sobrepasaba los 441 metros, encontraron arena petrolífera con una cantidad considerable de gas. La cuadrilla extranjera de perforación de la VOC, seis perforadores y un superintendente, fijaron su centro de operaciones en La Rosa. Los habitantes se familiarizaron con ellos y estaban acostumbrados a su presencia. Los llamaban por su nombre  –señores Marchant, Oilcrearse, Colo Grimes, Cox, Cochran y el superintendente, señor L. E. Deganais. Mas los pobladores no sabían nada de la aparición del petróleo. Si el hallazgo había emocionado a los miembros de la cuadrilla, sus nuevos amigos no lo supieron. A las seis de la mañana del 14 de diciembre la pequeña comunidad de La Rosa dormía tranquilamente, interesada solo ocasionalmente en el ruidoso taladro de perforación que estaba en las afueras del pueblo. Una hora más tarde despertó asustada. A las 6 a.m. –a una profundidad de 457 metros el pozo empezó a surgir. Reventó tranquilamente, produciendo un estimado de 20.000 barriles diarios. Parecía ser un buen pozo, no uno digno de titulares, simplemente un pozo bueno, rentable. Dado que había llegado inesperadamente, no tenía válvula de compuerta y el petróleo fluyó suavemente por la tubería de 10 pulgadas. En ese momento parecía fácil colocar una válvula de compuerta para controlar el fluido. A medida que pasaban los minutos, mientras se alistaba la válvula, el flujo del pozo se hizo más fuerte. Sin embargo eso era algo por lo que había que estar agradecido y no alarmado. Pero a las 7 a.m., de las entrañas de la tierra surgió un potente ruido sordo, como miles de trenes en marcha. Repentinamente, con un rugido que helaba la sangre, el petróleo saltó del pozo en un chorro de 60 metros que se abrió en el aire como el paraguas de un titán. (…) La Rosa cobró vida. Los pobladores salieron de las humildes viviendas y se echaban a la calle. El petróleo los bañó como un torrente de gotas de lluvia. El gran abanico sobre el pozo brilló en el claro cielo y la gente elevó los ojos con espanto. El miedo recorrió las calles y muchos cayeron al suelo cubriendo sus cabezas con los brazos. Los más valientes caminaron indecisos hacia el pozo. Llevaban sus manos en alto y el pegajoso y negro líquido salpicó sus palmas. (…) –¡Petróleo!,  –gritó un hombre–, y el grito atravesó el pueblo como una chispa en un polvorín. –Petróleo, –gritaron todos, y se pudo sentir el mismo júbilo del grito de ¡tierra! Dado por el centinela”.

Es interesante el hecho de que el autor compare aquel grito de ¡petróleo! (“Oil!” en el original en inglés) con el del centinela de Colón. Implica que en ambos casos se estaba descubriendo un mundo nuevo que modificaría para siempre el destino de la humanidad. Y su riqueza. A renglón seguido, el autor anónimo describe cómo se armó un verdadero infierno en torno al “reventón”. La VOC tuvo que pedir auxilio para controlar aquel monstruo que había salido de la tierra. Hay un toque mágico cuando cuenta que los habitantes nativos, con sus tambores “marcharon estoicamente hasta un lugar cerca del pozo. Allí colocaron una imagen de San Benito. Mientras el pozo rugía y los bañaba, ellos golpeaban los tambores e imploraban al santo para que detuviera el líquido”.

Lamentablemente, el santo no los complació. Pronto empezó el pleito a cuchillo por las concesiones en la zona, y entre otros, un yerno de Gómez consiguió su pedazo en la costa oriental. El diario norteamericano “New York Times” calificó el “reventón” como acontecimiento del siglo y al pozo como el más productivo del mundo, y así empezó la carrera petrolera de Venezuela, que hoy parece acercarse a su final con sus altibajos y sus satánicos efectos. Y también se hizo más sólido el poder de Juan Vicente Gómez, no solo por su intrincada red policial y su inmensa capacidad represiva, sino por la competencia de las compañías petroleras por ganar su favor y asegurarse un pedazo del pastel. Ahora si podían decir los norteamericanos que tenían en Venezuela “our son of a bitch”.

Ese carnaval de riqueza aparentemente fácil le permitió a los gobiernos desarrollar la infraestructura del país en un tiempo muy corto, pero, a la vez, acostumbró a la mayoría de los venezolanos a que no es necesario esforzarse demasiado para sobrevivir. Y pasó lo que parece inevitable: los gobiernos se acostumbraron a comprar voluntades con jugosas limosnas y los gobernados a que era fácil recibir limosnas de los gobiernos. Esa aparente bonanza permitió que Venezuela se convirtiera en un verdadero imán para trabajadores extranjeros, pero también para extranjeros aprovechadores, y el efecto fue terrible: por un lado, los venezolanos no solo podían evitar el trabajo, sino tenían quienes lo hicieran por ellos, y por el otro, una proporción inmensa de las riquezas derivadas del petróleo se iban al extranjero, bien como remesas que los inmigrantes enviaban a sus familias, bien como capitales que se repatriaban o bien como capitales que se exportaban porque no había suficiente confianza en Venezuela. Aún así, durante cuatro décadas el petróleo financió y permitió una verdadera democracia, que parecía ejemplar y definitiva. Hasta que llegó al poder un militarcito demagogo, populista y corrupto, que literalmente acabó con todo. Y entre otras cosas acabó con la industria petrolera. Mató la gallina de los huevos de oro.

Ese fue el terrible pinchazo que desinfló lo que el “reventón” de 1922 había inflado. Chávez y el chavismo lograron el antimilagro de que Venezuela regresara a lo que era antes de 1917, un país pobre. Pero con una población multiplicada varias veces y muy poco preparada para salir adelante. Y ahora sí que no habrá otro reventón. Los efectos del pinchazo parecen, o son, definitivos.

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