Eduardo Casanova | El daño que hace el petróleo

Eduardo Casanova Sucre

Desde los tiempos del viento se sabía que de la tierra venezolana salía un líquido negro que servía para muchos usos, y para los habitantes precolombinos el lago de asfalto de Guanoco y los “menes” de Falcón y Zulia eran sitios conocidos, pero a los invasores españoles les interesaba mucho más el oro y la plata que aquel producto maloliente. Durante los tres siglos y unos años de dominación española casi nadie se ocupó del tema.

Como contraste, pasada apenas una década desde que Venezuela se separó, primero de España y después de Colombia, asomó en el horizonte republicano por vez primera la idea del petróleo. Eso sucedió cuando el doctor José María Vargas, el más importante científico de su momento, que había sido presidente de la República por un breve tiempo y prefirió retirarse a su gabinete de trabajo, respondió una consulta que le fue hecha por el secretario de estado de Hacienda y Relaciones Exteriores, Guillermo Smith, acerca de los posibles usos y posibilidades del “betún de Judea” que había sido recogido en Pedernales, en el bajo Orinoco, al Norte del actual estado Delta Amacuro.

Luego de señalar varios usos del producto (proteger la madera contra la putrefacción, ser materia prima de tintas y barnices, servir como material de construcción, ser materia prima para fuegos artificiales, etcétera), hizo una serie de recomendaciones muy importantes, que se adelantaron varios años a lo que se iniciaría en 1859 en los Estados Unidos, que fue la industria petrolera. En la década de 1860, se iniciaría en muy pequeña escala esa industria en Venezuela. En 1864 la legislatura del estado Nueva Andalucía (actualmente Monagas y Sucre) dio una concesión petrolera de quince años a Manuel Olavarría, en 1865 lo mismo se hacía en Zulia, pero por diez años, con el ingeniero Camilo Ferrand; y en 1866 la legislatura de Trujillo dio a mi tío tatarabuelo Pascual Casanova Cedeño los derechos de explotación del petróleo de Escuque por un lapso de veinte años.

Ninguno de ellos obtuvo resultado alguno en sus cortas aventuras. Los verdaderos iniciadores de la industria petrolera venezolana estaban más al Sur que mi pariente don Pascual, en el estado Táchira (cuyo primer gobernador fue, coincidencialmente, mi pariente don Pascual), muy cerca de la población de Rubio, donde Manuel Antonio Pulido, José Antonio Baldó, Ramón Maldonado, Carlos González Bona, José G. Villafañe y Pedro Rafael Rincones, el 12 de octubre de 1878 constituyeron la primera empresa petrolera venezolana, la “Compañía Nacional Minera Petrolia del Táchira”, que duró poco y no tuvo grandes éxitos.

Luego de varios intentos por parte de diversas empresas, en 1922 se produjo el “Reventón” en el Zulia que marcó el comienzo de la verdadera industria petrolera de Venezuela. Entonces se puso definitivamente Venezuela en el mapa petrolero del mundo. Nuestro país llegó a ser uno de los más importantes del mundo en esa materia. Estuvo entre los primeros en producción y en exportación de petróleo, y sus ingresos estuvieron entre los más altos del mundo. Pero los resultados de esas realidades no fueron tan beneficiosos como deberían haber sido.

Ciertamente, durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, gracias a esos ingresos, se construyeron muchos caminos y carreteras que permitieron que los venezolanos se trasladaran con cierta facilidad de un punto al otro del país, y se puede decir que se logró la unificación de Venezuela. Ya no se necesitaban días y semanas para llegar de los extremos a la capital, y poco a poco se fueron desarrollando hasta las formas de alojarse en esos viajes. Aparecieron nuevos puertos y aeropuertos, así como nuevas formas de comunicación y varias de facilitar la vida de los venezolanos. Y durante los gobiernos de López Contreras y Medina se mejoró en forma notable, además de las comunicaciones, lo que podría llamarse la infraestructura educativa. Muchas escuelas y liceos, bien diseñados y realmente cómodos, aparecieron no solamente en Caracas y en las capitales provinciales, sin en ciudades y pueblos del interior para beneficio de la población en general. Y también mejoró la infraestructura hospitalaria y sanitaria.

Poco a poco se fueron quedando atrás males endémicos como el paludismo. El petróleo ayudaba a Venezuela a superar un atraso y una tristeza de siglos. Luego de un bajón notable por culpa del Trienio Adeco, una dictadura no solo recuperó el camino ascendente, sino que lo mejoró y lo aceleró, pero a un costo demasiado alto: la pérdida de la libertad. Por fortuna, el 23 de enero de 1958 cayó la dictadura y se logró una conjunción que parecía ideal: progreso, libertad y gobernabilidad. El petróleo parecía darle al país casi todo lo que necesitaba. Venezuela se convirtió en una república próspera, atractiva pata gentes de buena parte del mundo, con una muy buena infraestructura material, pero con demasiadas carencias. El petróleo no solo no era suficiente, sino que había empezado a convertirse en algo tóxico, negativo y hasta peligroso.

La inmigración que se inició en 1945, que tantas cosas positivas produjo, tenía un elemento negativo: las remesas que un alto porcentaje de los inmigrantes enviaban a sus países de origen. A eso se sumaban otros dos elementos: la repatriación de capitales de empresas extranjeras y la exportación de capitales de quienes no confiaban plenamente en el porvenir del país. El mal recuerdo del Trienio adeco, las guerrillas extremistas, la desconfianza de la burguesía hacia los políticos, los intentos de golpes militares, las locuras de la “Gran Venezuela” de CAP, la salida de Venezuela del patrón oro, la nacionalización del petróleo, los errores evidentes del Banco Central en manos del “Búfalo Díaz Bruzual”, todo llevó al Viernes Negro, el 18 de febrero de 1983, cuando el dólar se disparó frente al bolívar e inició una carrera, lenta al comienzo pero cada vez más acelerada, que llevaría a la ruina total de Venezuela.

Desde luego, políticos y economistas le han dado a ese proceso mil explicaciones, pero en general han evitado la verdadera explicación: Venezuela, debido a su petrolización, pasó de ser un país agropecuario y modesto, a ser un país minero y aparentemente rico, pero de grandes desigualdades económicas y sociales. Pero lo más grave es que esa aparente riqueza hizo que se perdiera la fe en el esfuerzo y el trabajo para lograr la prosperidad. El país se convirtió en una sociedad que esperaba poco del trabajo y mucho de la lotería y el “5 y 6”. Apenas unos pocos, muchos de ellos extranjeros, producían la riqueza que servía para mejorar las infraestructuras y hacer mucho más cómoda la vida de una minoría.

Empezó a aparecer el resentimiento contra esos pocos, y mucha gente, especialmente entre los políticos, comenzó a hablar del reparto de la riqueza. Y sobre todo los menos favorecidos aceptaron la idea de que la solución era quitarle a los que tenían para darle a los que no tenían. Los que tenían fueron muy imprudentes al exhibir sus riquezas. El famoso “Ta’ barato dame dos” sembró cada vez más resentimiento. Los mayameros, hijos del petróleo, se convirtieron en blanco de los resentidos, que al final consiguieron un modelo, un héroe, en un militarcito felón, resentido y corrompido que se aprovechó de las ventajas de la democracia para acabar con la democracia misma y con el país en general. Ése fue el daño que hizo el petróleo, y que fue mucho más importante que sus beneficios. Nos dio una riqueza aparente, y nos privó de las virtudes que deberían haber servido para alcanzar el “status” de pobres pero honrados. Nos convirtió en falsos ricos y nos hizo desperdiciar lo poco que teníamos. Entre ello, la democracia y la libertad. Además de la verdadera riqueza, que es la espiritual.

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