Eduardo Casanova | El fracaso de las comunas

Eduardo Casanova Sucre

¿Los mal llamados “izquierdistas” no pueden ni siquiera aprender? ¿No pueden o no quieren? Hablar hoy en día de comunas y poder comunal es un inmenso disparate. Es tratar de revivir algo que fracasó totalmente en donde quiera que trató de hacerse. El caso del que puedo hablar con pleno conocimiento de causa es el de China. Estuve en China en 1972, cuando todavía trataban de salvar las comunas, y en 1990, cuando ya reconocían que el experimento de las comunas fue un fracaso total. Ni siquiera trataban de inventar excusas como el disparate de la “guerra económica” imaginada por los chavistas para tratar de justificar su fracaso: los comunistas chinos no intentaron esconder la verdad: habían fracasado porque tenían que fracasar.

La economía rígidamente dirigida, la falta de estímulos y de libertades convirtieron las comunas en una carga insoportable para el Estado, y al morir Mao, sus sucesores aceptaron sin disimulo que tenían que cambiar del todo para no seguir fracasando. Todo empezó en 1958, poco después que el presidente Mao Zedong afirmara: “Es bueno establecer comunas populares”, que fue cuando el Comité Central del Partido Comunista de China, que obedecía sin chistar al Gran Timonel, estableció este tipo de organizaciones por todo el país. Documentos de esa época afirman: “La construcción del comunismo en nuestro país no es una cosa del futuro remoto. Debemos establecer activamente comunas populares y explorar una forma concreta para realizar el comunismo”. A finales de octubre de 1958 existían en toda la nación más de 26.000 comunas populares, que agrupaban a 120 millones de familias del campo, equivalentes al 99 por ciento de todos los hogares rurales chinos.

La comuna popular se definía como una organización económica de propiedad colectiva y una representación del poder estatal de nivel base en las zonas rurales. Estaban obligadas a dedicarse a la producción agrícola, la silvicultura, la ganadería, la piscicultura y ocupaciones auxiliares, y abarcaban también actividades industriales y comerciales. Hicieron un gran esfuerzo para popularizar la tecnología agrícola durante las dos décadas de existencia, durante las cuales se construyeron más de 87.000 represas de diversos tamaños y muchos embalses pequeños y se domaron los principales ríos y lagos de China, etcétera. Pero no sería justo atribuir el fracaso económico de ese momento solo a las Comunas En esos mismos tiempos fue el “Gran Salto Adelante” ordenado también por Mao, que le costó a China no menos de treinta millones de muertos, hombres, mujeres y niños, a causa de la hambruna.

Ese enorme disparate comunista tuvo lugar entre 1959 y 1961, cuando se ordenó que en todos los rincones (en todas las comunas) se construyeran hornos y se fundiera acero para convertir a China en una potencia económica de primer orden. El resultado fue una cantidad impensable de metal fundido que no servía para nada y la inexistencia de cosechas que llevó a la gran mortandad, lo que convirtió a Mao en el mayor genocida de la historia de la humanidad. A pesar de la estructura dictatorial y el culto a la personalidad, aquel inmenso fracaso estuvo a punto de sacar al Gran Timonel del poder. Sin embargo, conservó dos cargos claves, el de presidente del partido y presidente de la Comisión Militar Central, pero tuvo que dejar las tareas de gobierno en manos del nuevo presidente de la República Popular, Liu Shaoqi, y del secretario general del Partido, Deng Xiaoping. Pero no se resignó en ningún momento a perder su influencia y su autoridad.

Recordaba que no mucho antes Nikita Kruschev “traicionó” la memoria de Stalin y dio un vuelco a la política soviética, y en vista de que Liu y Deng al parecer propiciaban una mejoría de las relaciones sinosoviéticas, empezó a intrigar y a propiciar el retorno de sus poderes. A pesar de su ancianidad del poco apoyo que tenía apoyo entre los miembros importantes del Buró Político, sus ambiciones de volver suscitaron una enconada lucha por el poder que terminó devolviéndole la autoridad absoluta y encumbrando de nuevo su imagen pública como líder indiscutible del régimen. Ese retorno al poder se produjo a través de una enorme campaña de reafirmación ideológica, llamado la “Gran Revolución Cultural Proletaria”, en la que se alentó al ejército y a los jóvenes a condenar a todos aquellos cuyos actos se apartaban de la ortodoxia del espíritu revolucionario.

Fue otro desastre, otro sacudón que debería haber terminado con el régimen comunista por el inmenso daño que hizo en todos los ámbitos del país. Pero no fue así. En noviembre de 1972, durante mi primera visita a China, pudimos ver los últimos coletazos de ese fenómeno. Grandes desfiles, cantos revolucionarios, pancartas, demostraciones sobre todo de jóvenes, y gestos de adoración irracional hacia el Gran Timonel, que por la edad ya no estaba para esas piruetas. Mao usó el apoyo de dos figuras fundamentales: Lin Biao, que era ministro de Defensa, y la propia esposa de Mao, Jiang Qing, que encabezaría la llamada Banda de los Cuatro. Ambos usaron el prestigio de Mao para atacar a los otros dirigentes del partido y promover sus propias aspiraciones a la sucesión en el poder.

En resumen, la Revolución Cultural fue el fruto de la combinación de los deseos de Mao de recuperar su protagonismo político y las ambiciones de poder de dirigentes menores que querían apartar del camino a los mayores. Lin Biao tomó una serie de medidas para reforzar la fidelidad ideológica de los soldados al Partido Comunista y, muy en especial, al propio Mao. Para eso recopiló en 1963 una serie de “pensamientos” de Mao y lo hizo publicar por millones en el librito “Citas del Presidente Mao”, conocido popularmente como el “Libro Rojo de Mao”. Los integrantes de la delegación comercial venezolana que estuvo en China a fines del 72 lo vimos en manos de multitudes amenazantes, y lo recibimos en su traducción española de manos de las autoridades. Con la Revolución Cultural, decenas de millones de personas fueron perseguidas, y se estima que la cifra de muertes puede haber llegado a 20 millones, pero es imposible saber la verdad, pues muchas de las muertes no se denunciaron o fueron encubiertas activamente por la policía o las autoridades locales. Y el Partido Comunista Chino se ha mostrado reacio a permitir la investigación formal de este período.

En agosto de 1975 se produjo la falla de la presa de Banqiao, en la región de Zhumadian de la provincia de Henan, probablemente la mayor catástrofe tecnológica del mundo, que causó la muerte de más de 200 mil personas. La “Revolución Cultural” acabó con las universidades y casi todo vestigio de civilización, pero, por fortuna no sobrevivió a la muerte del propio Mao, que fue el 9 de septiembre de 1976. Ya Lin Biao había fallecido, y calladamente Zhou Enlai, un excelente negociador, calmaba las aguas. Pero la gran sorpresa fue el retorno al poder del habilidoso y pragmático Deng Xiaoping, que se convirtió en el verdadero sucesor de Mao, quitó del medio violentamente a la viuda y su “Banda de los Cuatro” e impuso en poco tiempo el final de la economía comunista y el inicio de una economía ferozmente liberal o neoliberal impensable en países como Venezuela o Cuba, que ha convertido a China, con sus casi 1.400 millones de habitantes (consumidores) y en buena parte porque los chinos nunca han conocido la democracia y se han resignado a ser en su mayoría casi esclavos, en una gran potencia económica, cuyos millones de muertos causados por el comunismo no son más que un recuerdo. Desde luego, Maduro no es Mao ni Padrino es Lin Biao, pero son tan locos e irresponsables que pueden soñar con serlo. ¿Es eso lo que queremos para Venezuela? El “Estado Comunal” chavista lo augura, si no nos oponemos y resistimos con fuerza, quizás como hicieron los Padres de la Patria entre 1810 y 1824, con tenacidad, con audacia, con decisión y, sobre todo, sin egoísmos.

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