Eduardo Casanova | El inevitable fracaso del socialismo

Eduardo Casanova Sucre

No es casual que el socialismo, en todas sus formas, haya fracasado en donde quiera que se haya tratado de implantar. En una de sus formas extremas, el comunismo, fracasó en la Unión Soviética y en todos sus satélites, y hoy también es un fracaso en los países en los que, por simple terquedad, se ha tratado de revivir

En China, en donde existe solamente como forma de gobierno, aunque al renunciar a sus postulados económicos y adoptar el libre mercado, que oficialmente es contrario al comunismo y parecería que ha alcanzado un gran éxito económico, ha producido tal grado de tristeza y desagrado entre la población, que también puede afirmarse que ha fracasado. Y en cuanto a las otras manifestaciones extremas del socialismo: el fascismo y el nazismo, si bien no arruinaron a sus países como el comunismo, sino que recuperaron la economía de sus países y lograron un alto grado de prosperidad, generaron crímenes horrendos e imperdonables y terminaron destruyendo las sociedades a causa de una guerra infernal que mató a cerca de 80 millones de personas, muchas de ellas simplemente asesinadas.

En resumen, el socialismo, inevitablemente, fracasa. ¿Por qué? La respuesta podría ser obvia: porque es absolutamente contrario a la naturaleza humana. El ser humano, por definición, es individualista y egoísta, busca el placer y no quiere para nada la opresión. Y el socialismo, aun cuando se trate del más puro y mejor intencionado, se opondría claramente al individualismo y el egoísmo (aunque en la práctica sus capos demuestran un gran egoísmo), rechaza el placer (aunque sus capos lo disfruten como lo disfrutan) y para mantenerse en el poder tiene que apelar a la opresión.

Lo del egoísmo lo explica muy bien el etólogo y biólogo Richard Dawkins, profesor de la Universidad de Oxford nacido en Nairobi, Kenya, el 26 de marzo de 1941, autor de un excelente libro llamado “El gen egoísta: las bases biológicas de nuestra conducta” (“The Selfish Gene”, en inglés), publicado por vez primera en 1976. En él. Dawkins interpreta la evolución de las especies desde el punto de vista de los genes en vez de hacerlo desde el punto de vista del individuo, y a la vez critica los argumentos de la selección de grupos. Reivindica con claridad que el gen es la unidad evolutiva fundamental. Examina la evolución desde un punto de vista genético para explicar los fenómenos de selección natural.

En resumen, Dawkins dice que son los genes y no los individuos son los agentes sobre los que opera la evolución. Redefine el concepto de gen como unidad informativa heredable que produce uno o varios efectos concretos, aunque existe otra unidad de información que produce efectos distintos, que es el alelo, sin importar si se trata de un improbable gen aislado o de varios genes cooperativos; incluso es indistinto si un gen se corresponde con un cromosoma entero o con un fragmento. Y a partir de esa idea establece que el gen del egoísmo (el gen egoísta) es fundamental para que el individuo y la especie sobrevivan, y lo ilustra con un caso sorprendente: cuando una manada de ciervos huye por el ataque de uno o varios depredadores, algunos de los que escapan saltan de manera especial, y esa conducta era interpretada como una forma de atraer la atención de los persecutores para que los persigan a ellos y así salvar a los otros, pero Dawkins demuestra que es todo lo contrario: saltan para hacer ver a los depredadores que es más difícil cazar a los que no saltan, que son los más débiles que a los saltarines, que demuestran su fuerza y su habilidad.

También, para Dawkins, el egoísmo constituye una metáfora con la que se explica que la probabilidad de que un gen prospere depende de su capacidad de adecuación al medio. Los organismos son meras máquinas de supervivencia para genes. Un gen sigue existiendo si el organismo que lo contiene se reproduce. Y, si los genes son la base de la herencia en la reproducción sexual, los genes que proporcionen ventajas reproductivas para el individuo al que pertenezcan los alelos, tenderán a ser heredados por un número cada vez mayor de individuos. Así, a la conocida pregunta “¿Qué fue antes, el huevo o la gallina?” la respuesta correcta es la gallina, puesto que la gallina es el medio en que los huevos se reproduzcan.

Dawkins, en su libro, explica muy bien las relaciones sociales: la agresión, la guerra de sexos, el racismo, el conflicto generacional, y hasta el altruismo. Como colofón, Dawkins acuña el concepto de “meme” como agente responsable de la transmisión cultural en el ser humano, análogo al concepto de gen y, por lo tanto, sujeto a las mismas reglas básicas de la evolución (el egoísmo entre ellas), lo que implica que sin egoísmo las sociedades también tenderían a desaparecer. Los socialistas mejor intencionados (si los hay) pretenden que al lograr la felicidad de la sociedad se consigue la felicidad individual de sus componentes, en contraposición a lo que afirman los defensores de las doctrinas individualistas (conservatismo, liberalismo, etcétera), que piensan que es lo contrario: la felicidad de los individuos logra la de la sociedad.  Parece obvio que si para lograr esa felicidad de la sociedad hay que sacrificar la de la mayoría de sus individuos, al final lo que se habrá logrado es una sociedad compuesta por una mayoría de individuos infelices, es decir, una sociedad infeliz.

Desde luego, en la mayoría de los países no socialistas del mundo no se ha logrado hasta ahora nada parecido a la felicidad colectiva. Solo una mayoría, la de los ricos y poderosos, parece alcanzar esa meta. La desigualdad conspira contra ese logro. Pero ya es evidente que el socialismo no es la vía para corregir esa tendencia. Y especialmente importante es la necesidad o búsqueda de libertad por parte de la casi totalidad –si no la totalidad– de los seres humanos: todas las formas de socialismo, desde el fascismo hasta el comunismo, necesitan la opresión, el espionaje y la persecución para mantenerse en el poder y, por lo tanto, frustran y hacen infelices a todos los individuos salvo los capos socialistas, lo que impide en forma absoluta esa felicidad colectiva que teóricamente buscan.

Eso, por sí mismo, bastaría para explicar su fracaso. Pero hay mucho más: la práctica ha demostrado que los capos socialistas proclaman una cosa pero practican otra, son corruptos, buscan su propia riqueza, abusan del poder, etcétera, y eso también, por sí mismo, puede explicar el fracaso universal del socialismo. Habrá que seguir buscando la fórmula de eliminar la desigualdad. Es evidente que la “distribución de la riqueza” no es la fórmula, porque a la corta o a la larga lo que se distribuye es la pobreza y se desesestimula a los que pueden producir riqueza. Y producir riqueza es la única forma de lograr la prosperidad, que a su vez es el mejor camino hacia la felicidad colectiva. Y es importantísimo entender que la felicidad absoluta no existe, es una cruel utopía que hace mucho más daño que bien. Por lo general, la búsqueda de la felicidad absoluta conduce a la infelicidad. Y eso también forma parte de las razones del fracaso del socialismo: al no conseguirse la felicidad que se prometía, acontece la frustración, y con frustración no puede haber felicidad ni nada que se le parezca, de modo que habrá que aceptar que es necesaria una cierta dosis de infelicidad, pero no la dosis inmensa, heroica, que proporciona el socialismo en cualquiera de sus formas.

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