Eduardo Casanova | Juan Germán Roscio

Eduardo Casanova Sucre

Si en España hubiera habido gente más razonable, el parto de Venezuela no habría sido tan sangriento y el héroe nacional del país habría sido Juan Germán Roscio, hijo de un milanés y de una indígena de La Victoria, en vez de Simón Bolívar, caraqueño, militar y aristócrata criollo de pura cepa. Una situación ideal, pero imposible, habría sido el resultado de que una España civilizada y moderna hubiese admitido la existencia de una República de Venezuela, unida a ella por lazos económicos y culturales, en la que existieran dos grandes partidos: el conservador, presidido por Juan Germán Roscio y Andrés Bello, y el liberal, presidido por José Félix Ribas y Simón Bolívar.

Esa República habría prosperado y sería hoy algo muy distinto a lo que es. España habría conservado un enorme mercado, tanto para exportar como para importar, y una inmensa zona de influencia, que le permitirían ser hoy lo que en el mundo es, por ejemplo, los Estados Unidos de América, aunque con más sentido de la humanidad. Pero, desde luego, eso no pasa de una especulación. El movimiento inicial que llevó a la Independencia, es decir, los hechos del 19 de abril de 1810, no tenían en absoluto nada que ver con una posible revolución social, y su principal impulsador fue Roscio, católico practicante y fiel creyente, la prudencia fue una de las bases de toda su vida.

Había nacido en San José de Tiznados, pueblo vecino al río Tiznados, en el actual estado Guárico, en plenos Llanos centrales, el 27 de mayo de 1763. Su padre, Juan Cristóbal Roscio, era un milanés que, luego de vivir unos años en España, pasó a las Américas y se estableció en el interior de la Provincia de Venezuela, dedicado a la ganadería en los Llanos centrales, en donde se convirtió en un auténtico y rico terrateniente, que se casó con una descendiente de indígenas, lo cual le causó algunos problemas al hijo, que luego de estudiar las primeras letras en su aldea llanera, todavía niño fue enviado a Caracas, al cuidado de la hija del Conde de San Javier, que se convirtió en su protectora.

En ese lapso estudió Teología, Sagrados Cánones y Derecho Civil. En 1794 le fue conferido el título de Doctor en Derecho Canónico, y en 1800 el de Doctor en Derecho Civil. Se había distinguido especialmente en la Universidad, ganó distintos concursos y obtuvo una medalla otorgada por la Academia de Derecho Público y Español. En 1794 presentó una solicitud ante la Real Audiencia para inscribirse como abogado, lo cual le fue concedido, pero el Colegio de Abogados se negó a admitirlo porque en el expediente de pureza de sangre por él presentado no aparecía la calificación de “indias” de su madre y de su abuela materna, calificaciones que sí aparecían en otros documentos públicos.

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Juan German Roscio

De modo que Roscio se encontró con que su primer “caso” era nada menos que contra el poderoso Colegio de Abogados, al que quería ingresar, y consistía en defender su propio derecho de ejercer la profesión en la que, como estudiante, había sido excepcionalmente capaz. Debía enfrentar prejuicios ya dos veces centenarios en este lado de la mar océana, y milenarios en la otra orilla. Ese proceso le permitió demostrar su valía, no solo como abogado, sino como ser humano. Como quiera que lo que estaba por decidirse no era su condición académica sino su aceptación como litigante, la Universidad lo aceptó como docente, y, paralelamente, solía dar doctas conferencias sobre Derecho Público Español y Leyes de Indias. Aún más, durante el pleito fue aceptado por las autoridades y convertido en Asesor de la Capitanía General, es decir, del máximo gobierno de la Provincia, y de la Auditoría de guerra, en un  tiempo en que el militarismo empezaba a imponerse del todo en Venezuela. En 1805 ganó su pleito y fue admitido del todo en el Colegio de Abogados.

Poco después, como Fiscal interino de la Real Audiencia de Caracas, tuvo una actuación cardinal en uno de los momentos más importantes de los últimos tiempos de la vida colonial venezolana, cuando Francisco de Miranda fracasó al tratar de invadir Venezuela para independizarla. Roscio fue el fiscal de la causa, lo cual no parecería algo prometedor para su futura carrera de libertador. Como tampoco lo sería su actuación, también como fiscal, en 1808, en el proceso que se siguió contra los mantuanos que aparecían complicados en una discreta conspiración para desconocer la autoridad peninsular, que ya había caído en manos de los franceses. Los acusados fueron condenados primero e indultados después.

Eran los mantuanos, los miembros de la aristocracia criolla, que veían la oportunidad de sacudirse de encima el poder de los europeos, pero se enfrentaron a la eficiencia y habilidad de aquel abogado, hijo de un milanés y de una mujer que no podía ser aceptada entre los mantuanos, por ser india. Sin embargo, fue Roscio el verdadero iniciador de la independencia, una independencia prudente, racional, muy distinta a la de Bolívar y Miranda, que en realidad se alzaron contra la prudencia rosciana. Un terremoto, en marzo de 1812, se encargó de hacer imposible lo que Roscio, y después Miranda, querían. Y la dura realidad remató el fracaso de aquella primera República, la República rosciana que han querido llamar “Patria Boba”, pero que debería llamarse “Patria Niña”, y murió en julio de 1812. Luego del 19 de abril, Roscio se había convertido en al alma de aquella iniciativa. Bello lo calificó de padre, maestro y defensor de la naciente libertad.

Luego de encargarse de las relaciones exteriores de la Junta Conservadora y de hacer, mediante su correspondencia y sus gestiones múltiples, todo lo posible por llevar el país a la Independencia plena, fue diputado por Calabozo en el Congreso Constituyente que se instaló en la casa del conde San Javier, con lo cual se demuestra plenamente que era una iniciativa rosciana, el 2 de marzo de 1811. Mientras él, en el Congreso, llevaba adelante su labor, en la calle se había formado otro partido, bastante más radical, en el que se destacaban Simón Bolívar y Francisco de Miranda. El 5 de julio de 1811, luego de una sesión cuya memoria e intención quedaron reflejadas en el Acta redactada por el propio Roscio, Venezuela se declaró independiente, separada del todo de España, que estaba dominada por los franceses, y dispuesta a regirse por sus propios medios. Desgraciadamente, tres siglos de oscuridad operaron en contra de las intenciones de Roscio.

Todo se precipitó y el abogado venezolano, católico practicante, auténtico jurista y hombre de leyes, luego del fracaso de su República y de haber sido designado miembro de un Triunvirato que no llegó a tener el poder real y de haber colaborado de buena fe con Francisco de Miranda en aquella lucha agónica e imposible, fue hecho preso por Domingo Monteverde, canario, caudillo primitivo, que incumplió lo que había pactado con Miranda, y abusivamente remitió a Roscio, encadenado, a España. Fue uno de los ocho “monstruos”, calificados así por Monteverde. Primero estuvieron encarcelados en Cádiz, donde no mucho después moriría Francisco de Miranda.

Después en Ceuta, de donde él y otros lograron escapar y buscar refugio en Gibraltar. Pero el gobernador inglés los entregó a los españoles, hecho que motivó la ira del príncipe regente inglés, que con decisión obligó a Fernando VII a soltar a los presos de nuevo. Roscio fue a tener a Jamaica inicialmente y a los Estados Unidos después. Ya había perdido por completo el papel de protagonista, que estaba en poder de Simón Bolívar, a quien siguió en 1818 hasta Angostura. Con Bolívar, Roscio ayudó a la creación de Colombia y fue uno de los principales redactores del “Correo del Orinoco”.

Luego de ocupar varios cargos, entre ellos el de Vicepresidente de Colombia, y cuando se preparaba a participar en el Congreso de Cúcuta, que debía darle forma definitiva a la Colombia que junto a Bolívar había ayudado a nacer, murió luego de una corta enfermedad, el 10 de marzo de 1821. Su final fue humilde y ejemplar, muy parecido a su vida.

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