Eduardo Casanova | La fea enfermedad de la corrupción

Eduardo Casanova Sucre

La corrupción, en cualquiera de sus formas, ha existido siempre. Desde que un ser humano se erigió en jefe de una tribu en tiempos de las tinieblas hasta nuestros días, siempre ha habido quien, en la sombra, se aprovecha de cualquier rendija para obtener ventajas de la debilidad de los demás. La Biblia y todos los libros que se han escrito acerca de gobiernos y gobernantes están llenos de ejemplos. Y no solamente de ejemplos referidos a gobiernos y a formas de gobierno, sino también a toda clase de actividades humanas. En los regímenes monárquicos la corrupción fue omnipresente, sobre todo en sus manifestaciones de abuso de poder y aprovechamiento de la debilidad de las mayorías. Los reyes y sus delegados siempre se creyeron con derecho a abusar del poder, que al fin y al cabo les venía “por la voluntad de Dios”.

La Revolución Norteamericana, que en buena parte se hizo a causa de la corrupción de los ingleses, acabó con la monarquía en el norte de América y fomentó la lucha contra  las monarquías en buena parte del mundo, y al crear diversos sistemas de supervisión y control logró morigerar en forma importante la corrupción administrativa, pero no otras formas de corrupción, como la esclavitud y la discriminación racial. La Revolución francesa, que debió haber acabado con el absolutismo, no lo logró, como tampoco consiguió acabar con la corrupción.

En Europa, parecería que solo en los países escandinavos y otros muy parecidos a ellos se ha logrado dominarla, lo que demuestra que es un problema de educación. Entre nosotros, fue importante en tiempos de la dominación española y por desgracia subsistió a la independencia, como lo demuestra el hecho de que Bolívar se sintiera obligado a legislar para contenerla. Luego de la separación de Venezuela de Colombia se vio que la legislación impulsada por Bolívar no había tenido mayores resultados. Muchos militares que lucharon contra la monarquía se sentían con derecho a “cobrar” por sus servicios en muchos casos a mano armada. Y durante los gobiernos liberales y conservadores estuvo muy presente, aunque habría que aclarar que muchos de los casos que hoy nos parecen hechos de corrupción, como por ejemplo el hecho de Guzmán Blanco cobrara comisiones por los empréstitos que logró para el país, no estaban contemplados en ninguna ley, de modo que muchos funcionarios, sobre todo abogados (como Guzmán Blanco) alegaban que tenían derecho a percibir honorarios por sus gestiones, aun siendo funcionarios de gobierno. Con la llegada de los andinos al poder parecería que la corrupción, lejos de disminuir, se desató.

En muchos casos, sobre todo el tiempos de Juan Vicente Gómez, hubo abusos de poder y corrupción cometidos por funcionarios de bajo rango para adular al jefe, que simplemente se dejaba adular y toleraba esos abusos como algo a lo que tenía pleno derecho. Los gobiernos de la transición (López Contreras y Medina Angarita), así como fueron mucho menos represivos que el de Gómez, fueron mucho más activos contra la corrupción, pero tampoco lograron que desapareciera. El Trienio Adeco fue un período en el que se logró que la corrupción retrocediera, pero no que desapareciera. Y la década de dictadura perezjimenista está entre los períodos de mayor corrupción en la historia del país, aunque sería absurdo acusar de corruptos a personajes tan realmente importantes y eficientes como Luis Felipe Urbaneja o José Loreto Arismendi o Gutiérrez Alfaro o Soulés Baldó, pero no puede decirse lo mismo de los jefes militares, empezando por el propio Pérez Jiménez, que en su precipitada huida en la madrugada del 23 de enero del 58, un poco a lo Al Capone, dejó olvidado en un sillón de Miraflores un maletín con documentos que ponían en evidencia su corrupción y sirvieron para lograr que USA concediera su extradición para ser juzgado en Venezuela por corrupción administrativa, y fue condenado.

En el período democrático (1958-1999) la corrupción posiblemente haya disminuido, pero no desapareció ni mucho menos. Gobernantes muy honestos, como Betancourt, Leoni o Herrera Campíns, no pudieron evitar que algunos de sus subalternos hicieran de las suyas. Y la actitud de la sociedad, que lejos de castigar a los corruptos les abría las puertas de sus casas y los adulaba, servía de estímulo a delinquir. Es, pues, un hecho que la corrupción forma parte de la vida humana, sobre todo en el campo de la política, y por desgracia está presente en muchos regímenes democráticos del mundo. Pero nunca, en los miles de años en que ha existido alguna forma de gobierno, la corrupción ha sido tan fuerte y dañina como lo es en el socialismo en cualquiera de sus formas: comunismo, fascismo, militarismo, nazismo, etcétera. Es lógico: al no haber controles distintos a los del propio gobierno y al no existir forma eficiente de denunciar los abusos, los corruptos hacen su agosto sin miedo a las represalias.

Es cierto que en China se presume que la corrupción se castiga con la pena de muerte, pero eso es para los pendejos: yo puedo dar fe de que existe y es notable: en el tiempo en que viví en Beijing como embajador de Venezuela era notable que en lugares en los que el régimen no permitía la presencia de chinos se veía a “cuadros” y dirigentes del Partido Comunista mecho mejor vestidos que los demás, y se les veía en automóviles de lujo, sobre todo Mercedes Benz. Además, los poderosos del partido y del gobierno viven en grandes mansiones, en una nueva “Ciudad Prohibida” vecina a la antigua Ciudad Prohibida de tiempos de los grandes emperadores.

Me llamó mucho la atención que a un altísimo dirigente comunista chino, cuando un periodista extranjero le preguntó en una entrevista que por qué, siendo comunista, tenía un avión privado, un Mercedes con chofer y otros muy visibles signos de riqueza, respondió que él era jefe de una gran Corporación, y los jefes de corporaciones occidentales tenían todas esas cosas, por lo que se vería muy mal que él no las tuviera.  Eso también pasó en la Unión Soviética y fue una de las causas del fin del comunismo ruso, fin que no afectó ni la corrupción ni el totalitarismo ruso. También en Cuba pude ver una clara demostración de corruptela: en 1980 nos alojamos en el hotel “Habana Libre”, en el que no se permite la entrada de cubanos, salvo los empleados, pero el ministro de Vivienda, a quien conocí cuando ambos fuimos embajadores en Copenhague, no solamente pudo entrar, sino que nos invitó a cenar a cuerpo de rey y me regaló una botella de uno de los mejores whiskies escoceses. Y cuando Gonzalo García Bustillos fue embajador de Venezuela en La Habana, Fidel Castro lo visitaba con absoluta frecuencia, y en cada visita le llevaba de regalo una botella del mismo whisky que me regaló el ministro, y que vale muy posiblemente el equivalente a los salarios de un año de un trabajador cubano promedio.

Y lo que estamos viviendo en Venezuela con el régimen socialista no es otra cosa que corrupción, y de la peor. No solamente por la forma en que viven y derrochan dinero los militares, los enchufados y los jefes, que contrasta horriblemente con la forma de vida del resto de la población, sino con hechos como el regalar a los cubanos lo que es de los venezolanos y se necesita en Venezuela, o como eso de que los jefes chavistas, civiles y militares y los médicos cubanos se hayan vacunado contra el virus chino pero se impida la llegada de vacunas para la población venezolana. En ese caso es una corrupción que mata a los inocentes. ¿Cuándo será que la mayoría de los venezolanos y los gobiernos decentes del mundo reaccionen y quiten del medio a los corruptos chavistas? Si no es ya, puede pasar como el título de una muy buena película italiana de la década de 1960: “Mañana es demasiado tarde”.

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