Eduardo Casanova | La nacionalización del petróleo venezolano

Eduardo Casanova Sucre

Muy poca gente sabe que varios gobiernos de los Estados Unidos presionaron al de Venezuela para que nacionalizara el petróleo. De modo que lo que parecía ser un gesto de independencia y de reto a los norteamericanos no era tal, era más bien de búsqueda de apoyo por parte de los gringos.

¿La razón? Los políticos norteamericanos, sobre todo los del Partido Demócrata, opinaban que las petroleras tenían demasiada fuerza y eran peligrosas para los gobernantes de USA. En el tiempo en que yo estaba a cargo del Escritorio Estados Unidos, de la División Interamericana de la Dirección de Política Internacional del Ministerio de Relaciones Exteriores, durante la gestión de Arístides Calvani como Ministro de Relaciones Exteriores del Presidente Rafael Caldera, se recibió una tímida insinuación en ese sentido, insinuación que generó una consulta a varias embajadas de Venezuela.

Solo una respondió en propiedad: la embajada de Venezuela en Londres, que manifestó su opinión abiertamente contraria a la idea. Yo me separé de la Cancillería en 1974, cuando fui designado Director Civil y Político de la Gobernación del Distrito Federal, pero volví al MRE a fines del 75, cuando fui designado embajador de Venezuela en Dinamarca, y estaba allí cuando, el 1º de enero del 76, el gobierno de Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera. Supuse que el gobierno de USA había sugerido de nuevo la idea y el de Venezuela la había aceptado. Pero hubo entonces un curioso incidente.

El 2 de enero del 76 alguien entró a la embajada nuestra en Copenhague y rompió los vidrios de los faros del automóvil oficial, evidentemente para manifestar su protesta por la nacionalización petrolera. Después de eso no hubo ninguna otra manifestación por la nacionalización, que en Venezuela, en apariencia, funcionó bastante bien. El Congreso venezolano aprobó el 29 de agosto de 1975 una Ley Orgánica, que nacionalizaba el petróleo por el vencimiento de las concesiones dadas por el régimen perezjimenista.

El Presidente Carlos Andrés Pérez puso el “ejecútese” a esta ley conocida como Ley de Nacionalización del Petróleo y el proceso entró en su fase definitoria. Ese 1º de enero de 1976, en el pozo Zumaque Nº 1 en el campo Mene Grande del estado Zulia, donde muchos años antes había empezado la explotación petrolera venezolana, el presidente Carlos Andrés Pérez, con un largo discurso, proclamó ante el país y el mundo la nacionalización de los hidrocarburos y así entró en vigencia la Ley de Nacionalización, que reservaba al Estado Venezolano la exploración, explotación, manufactura, refinación, transporte y comercio del petróleo, asfalto y todo tipo de hidrocarburos.

El 31 de diciembre de 1975 habían quedado totalmente extinguidas las concesiones petroleras, y, por ende, anulado el derecho de realizar actividades de la industria petrolera a quienes se les había otorgado, que eran las compañías trasnacionales. A partir de entonces, las propiedades, plantas y equipos entre otros aspectos de las compañías concesionarias extranjeras pasaron a ser pertenencias del Estado venezolano. Terminaba así una historia que había empezado cuando se descubrió petróleo en el país, se había reforzado con el “reventón” de La rosa en 1922 y no había hecho otra cosa que crecer con el paso del tiempo. Venezuela, con esa historia, se convirtió en un país monoproductor y monoexportador de petróleo. Todo empezó a depender del petróleo.

A partir de 1958, después de la caída del régimen represivo de Marcos Pérez Jiménez, al reestablecerse la democracia, los gobiernos de Rómulo Betancourt (1958), Raúl Leoni (1963), Rafael Caldera (1968), Carlos Andrés Pérez (1973), en cumplimiento a postulados nacionalistas de propiedad, soberanía y desarrollo, había proclamado la búsqueda de una mayor participación fiscal en el negocio petrolero. Esa búsqueda cesó con la nacionalización. Pero hoy mucha gente piensa que fue un error: así como las petroleras transnacionales tenían demasiado poder, el gobierno venezolano se convirtió en un monstruo poderoso que en cierta forma ahogaba la vida de los venezolanos y, por el otro, en objeto de la codicia de otros gobiernos, especialmente de las dictaduras llamadas “de izquierda”, como la cubana, que no escatimaron esfuerzos para ponerle la mano. Si el estado venezolano ya era un peso demasiado fuerte para los habitantes del país, con la nacionalización ese peso se hizo insoportable, y en muchos sentidos dañó a todos.

Ahora era peor la realidad de que unos pocos miles de ciudadanos producían la riqueza que demasiada gente aprovechaba, aunque en proporciones muy desiguales. Eso corrompía (y corrompe) la sociedad. Papá gobierno se hizo todavía más poderoso que antes, y las consecuencias no se hicieron esperar: la corrupción, no solamente en forma de robos y apropiaciones indebidas, se multiplicó hasta lo insoportables, y facilitó la llegada al poder de un militarcito demagogo, corrompido y antidemocrático, que entre otras cosas destruyó la industria nacionalizada, y al hacerlo, le quitó al estado el esqueleto.

Desde ese momento la economía venezolana se vino al suelo, y no hay forma de levantarla, como no sea, a pesar de lo duro que parece, revertiendo lo que se hizo ese 1º de enero de 1976, lo que implica que se permita de nuevo la presencia de transnacionales que compitan con las empresas petroleras nacionalizadas en todos y cada uno de los rubros de la industria, sin falsos nacionalismos ni posiciones intransigentes. Hay que entender que aquella nacionalización no fue, como quiso hacerse ver, un importante acto de soberanía y nacionalismo, sino algo impulsado, por debajo de cuerda, por el gobierno de los Estados Unidos, de modo que las mal llamadas “izquierdas” no tienen el más mínimo derecho a quejarse si se revierte. Más bien deberían apoyar esa reversión. Pero no lo van a hacer, porque a la larga fueron las más beneficiadas cuando le pusieron la mano al gobierno todopoderoso, dueño de todos los recursos y las posibilidades, que con su ineptitud y su corrupción mató a la gallina de los huevos de oro, una gallina que nunca debió haber existido: los huevos de oro no se pueden comer. Ni producen nada decente.

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