Eduardo Casanova | La Sociedad Abierta

Eduardo Casanova Sucre

Aunque en mi juventud me sentí atraído por el socialismo, la lectura detallada y muy lenta del libro “La sociedad abierta y sus enemigos”, de Karl Popper, me quitó la venda de los ojos y me hizo ver que iba por muy mal camino. Para empezar, me di cuenta de que muy hábilmente los comunistas inventaron e impusieron la idea de que eran ellos los más avanzados, cuando en realidad están entre los más atrasados y cavernícolas. Karl Popper fue un pensador austríaco, nacido en Viena en julio de 1902 y muerto en Londres en septiembre de 1994, convertido en ciudadano británico.

Fue uno de los más importantes filósofos de la ciencia, pero también fue uno de los más importantes defensores del sistema democrático, que trató de conciliar las grandes líneas de pensamiento político, como la socialdemocracia, el liberalismo y el conservadurismo. Lo que entendí de su lectura es que el pensamiento de los fascistas, los comunistas y los militaristas (y ahora los populistas de diversos plumajes) se remonta al tiempo de los griegos, específicamente al autoritarismo espartano, tan admirado por Platón. Desde luego, Popper habla largamente de los historicistas, que se sienten superiores a todos los demás y pretenden que tienen la razón en forma absoluta. Los divide en teístas (que invocan la voluntad de Dios), naturalistas, espiritualistas, religiosos, étnicos o racistas, etcétera.

Los historicistas creen que la historia siempre tiene un propósito, un fin superior, y por tanto siempre lleva a algo inevitable. Le dedica un buen espacio a Heráclito, que introdujo la idea de la historia como un cambio perpetuo, la idea de una “ley inexorable” que la dirige y de una revelación a los elegidos nunca antes oída. El resultado fue una ética tribalista de la fama, el destino y la superioridad del Gran Hombre, el elegido. Ideas historicistas como la suya emergen en momentos de crisis; son una respuesta a la amenaza a antiguas formas de organización social. Pero sus planteamientos (de Popper) se centran en el platonismo y su relación con el historicismo. Por mucho tiempo la discusión acerca de las formas de gobierno, la justicia, el comercio, la economía, la religión y otros temas se basaron en la guerra entre la democrática Atenas y la monárquica Esparta, así como en la eterna oposición entre atenienses democráticos y atenienses simpatizantes de la monarquía espartana.

La idea de la democracia terminó imponiéndose, pero las ideas totalitarias de Platón se mantuvieron sin variar en las mentes de muchos, y en los siglos XIX y XX reaparecieron con gran fuerza en las ideologías de Marx y sus derivados, especialmente en los comunistas y los nazifascistas. Popper recalca que para Platón y los platónicos había cuatro formas de Estado: 1) Estado perfecto, timarquía o timocracia, que es el dominio de los hombres sabios y más parecidos a los dioses; 2) la oligarquía o gobierno de los ricos; 3) la democracia, que es el gobierno de la libertad o ausencia de leyes y 4) tiranía. Para Platón, cada una degenera en la otra, en la siguiente, y la decadencia tiene por causa la desunión interna de la clase gobernante, que se apoya en los intereses económicos de clase.

Afirma que el Estado perfecto no es una sociedad sin diferencias entre los hombres sino más bien un “Estado de castas”, en donde las castas son: los guardianes (magistrados), los auxiliares (guerreros) y los artesanos (que hoy serán los trabajadores). Para los platónicos la casta superior  es mejor en valores, en educación y en raza. Platón manifestó siempre un gran desprecio por las multitudes, que consideraba “ganado humano”, en tanto que sí se interesó por los gobernantes. De acuerdo a sus ideas, legislar para la masa era una pérdida de tiempo. Rechazaba la propiedad privada, especialmente de metales preciosos; propugnaba un genuino comunismo interno en la clase gobernante, que incluía compartir mujeres e hijos, y rechazaba también la mezcla de clases. Habló de prerrogativas de la clase superior como la crianza, la educación y la posesión de armas. La clase superior debía saberse y sentirse superior y ser pura. ¿No es algo que explica muchas de las características de los fascistas, los nazis y los comunistas?

Para Platón, y por tanto para los comunistas y los nazifascistas, hay que volver a la naturaleza y a la sociedad tribal, pero es necesario que se acepte que hay quienes están destinados a gobernar, que son una minoría exquisita, y quienes están destinados inevitablemente a ser gobernados, que son una mayoría despreciable. Los platónicos, señala Popper, crearon la falsa ecuación que considera el colectivismo equivalente o igual al altruismo, mientras que el individualismo se equipara al egoísmo. Eso ha creado grandes confusiones y, para Popper, ha impedido el análisis crítico de problemas éticos. Otro de los señalamientos de Popper es el de que Platón inventó la idea del filósofo-rey, obviamente relacionada con la de que solo deben gobernar “los mejores”.

Por último, Popper señala que muy posiblemente Platón llegó a la conclusión de que sus contemporáneos eran infelices, y difundió la idea de que la causa de esa infelicidad no era otra que la revolución que impuso en Atenas la democracia y el individualismo, algo que es muy importante porque la civilización occidental de nuestro tiempo se inició justamente en la Atenas democrática. Para mí, tiene especial importancia el señalamiento de Popper de que Aristóteles fue el más importante seguidor de Platón e influyó seriamente en Hegel, y a través de Hegel el platonismo llegó a Marx. Y aunque la teoría del Estado de Aristóteles se basa en Platón, creía (Aristóteles) que sí había cambios favorables y afirmaba que todas las cosas tienen una “causa final”, que es el fin hacia el que se dirigen.

Hegel, según Popper, es la fuente del historicismo contemporáneo. La dialéctica hegeliana se aplica a todo.  Su aparición se explica por el atraso de las ciencias naturales en su tiempo. Hegel, afirma Popper, marcó el comienzo de la “era de la deshonestidad”, al introducir “la magia de las palabras altisonantes y el poder de la jerigonza”. Extremistas de derecha e izquierda se apoyan en su “sistema” y usan esa jerigonza pseudocientífica para apoyar las teorías que hoy han orientado tanto a los fascistas como a los comunistas, especialmente a esos últimos, para crear el mito de que son más “avanzados” que los demás, cuando la realidad es la contraria. Por último, afirma Popper que, la influencia de Hegel alcanzó su mayor éxito cuando se convirtió en la base de un movimiento aparentemente humanitarista, el marxismo, que es la forma más peligrosa y desarrollada del historicismo. Marx pretendió aplicar métodos racionales a los problemas más urgentes de la vida social. Los marxistas, al pretender que su doctrina es puramente científica y hablar de “socialismo utópico” y “socialismo real”, apelaron a un arma deshonesta pero muy efectiva, que los verdaderos científicos deben combatir.

Concluye Popper que “la historia no puede llevarnos hacia ningún fin. Solamente nosotros podemos hacerlo, defendiendo y fortaleciendo las instituciones democráticas de las que depende la libertad, y con ellas, el progreso. Y lo haremos mejor a medida que nos hagamos conscientes de que el progreso reside en nosotros, en nuestros desvelos, esfuerzo, claridad de nuestros fines y el realismo con que los hayamos elegido” (…). “En lugar de posar como profetas debemos convertirnos en forjadores de nuestro destino. Debemos aprender a hacer las cosas lo mejor posible y a descubrir nuestros errores” (…) “Y una vez que hayamos desechado la idea de que la historia del poder es nuestro juez, una vez que hayamos dejado de preocuparnos por la cuestión de si la historia habrá o no de justificarnos, entonces, quizás, algún día, logremos controlar el poder”.

Pero lo primero es entender que comunistas y nazifascistas son la misma cosa: son cavernícolas de la política, que no han logrado avanzar un milímetro desde los tiempos de Platón, que vivió entre el año 427y el 347 a C, es decir, hace más de 2.400 años. Con razón huelen a creolina.

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