Eduardo Casanova | Las Dictaduras

Eduardo Casanova Sucre

Todas las dictaduras son malas. No existe eso de “dictadura buena”, que es un oxímoron imposible. Toda dictadura (forma de gobierno autoritario en la cual, en mayor o menor grado, las instituciones ejecutivas, legislativas y judiciales son controladas por un régimen que impide cualquier forma de control democrático y social) implica abuso de poder, represión, falta de libertad y corrupción. Pero no todas son iguales. Las hay malas y las hay pésimas. Todas las dictaduras comunistas (salvo hoy una de ellas) son pésimas, porque además del abuso de poder, la represión, la falta de libertad y la corrupción, suman la ruina económica y el hecho de que, por alguna razón, son más difíciles de tumbar que las demás.

Varias dictaduras militares latinoamericanas han significado progreso económico y hasta han resultado beneficiosas en lo material para las poblaciones que las han padecido. Por eso son malas, aunque no pésimas. Cuando son especialmente represivas y criminales, como fue el caso de la de Trujillo en la República Dominicana, pasan a ser pésimas. Una de las dictaduras comunistas de la actualidad, la de le República Popular China, pasó de ser pésima a ser solamente mala, debido a que uno de los sucesores de Mao, Deng Xiaoping, decidió dejar atrás el modelo económico comunista y usar la economía de mercado típicamente capitalista, aunque con unas pocas restricciones, y el resultado fue que China se convirtió en un país próspero en lo económico, aunque esclavista, y con ello, por supuesto, la dictadura dejó su “status” de pésima.

Hace algún tiempo, las dictaduras fascista y nazi de Italia y Alemania, debido a sus crímenes colectivos y a su brutal política racista (antisemita) fueron pésimas, aunque supusieron un gran progreso material para sus pueblos. Tanto la una como la otra, además, llevaron al mundo a una de las peores guerras que ha conocido la humanidad. La dictadura comunista de la Unión Soviética y sus satélites fue, sin duda, pésima. Hicieron cosas parecidas a las de los nazis y los fascistas, pero además arruinaron a sus países por sus disparatadas políticas económicas, marxistas, basadas en el resentimiento y la envidia.

Finalmente cayeron, pero a un costo altísimo y después de décadas de sufrimiento de los pueblos, que es algo que hoy se vive en Cuba y posiblemente se viva en Venezuela y Nicaragua, porque los comunistas se aferran al poder como se aferra un enorme caimán a una presa, y son habilísimos para engañar y manipular. En Venezuela, antes de que la democracia pareciera imponerse en 1958, sufrimos varias dictaduras, pero aunque todas fueron malas ninguna fue realmente pésima. La de Guzmán Blanco implicó un notable avance en lo material, especialmente para Caracas, la de Gómez acabó con el caudillismo y terminó de unificar el país. Y la de Pérez Jiménez dejó grandes obras públicas y un cierto progreso material, pero a un costo en sufrimiento demasiado alto como para poder siquiera considerarlo aceptable.

Los asesinatos, las torturas, las persecuciones, la maldad, fueron demasiado costosos para demasiada gente. Es algo que me consta y me toca muy de cerca: como he contado más de una vez, el 14 de diciembre de 1959 tuve la inmensa suerte de conocer a Natalia López Arocha, una joven bellísima, muy inteligente y con una gran personalidad, de quien me enamoré de inmediato al extremo de que hoy, más de seis décadas después, no solamente sigo enamorado sino que lo estoy más que entonces. Poco tiempo antes había caído la dictadura de Pérez Jiménez, y con esa caída, la familia de Natalia había dejado de padecer una pesadilla que duró casi una década. Guillermo López Gallegos, el padre de Natalia, fue uno de los de la Generación del 28, pero no uno cualquiera, sino uno de los más sufridos.

Cuando la gran mayoría de los estudiantes que alzaron sus voces en el carnaval del 28 estaba en Araira y el Puerto Cabello, él y otros 14 sufrían el infierno de Palenque, en plenos llanos guariqueños y en pésimas condiciones. Luego de su liberación, además de graduarse de abogado, estuvo entre los que trataban de organizarse políticamente, como Betancourt, Leoni, etcétera. Pasó por Orve, por el PDN, fue perseguido, aunque no con tanta saña, por el régimen de transición de López Contreras y finalmente creyó haber llegado a buen puerto cuando el gobierno de Rómulo Gallegos, primer presidente elegido mediante voto universal, directo y secreto, lo designó Magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Pero el 24 de noviembre de 1948 empezaron sus peores tribulaciones.

Con una gran sentido del deber, y en parte por proteger a su hermano menor, Alberto López Gallegos, que era gobernador de Aragua, se fue a Maracay, en donde participó en el intento de formar un gobierno democrático presidido por Valmore Rodríguez, que como cabeza del Poder Legislativo era el primero en la línea de sucesión presidencial. El intento fracasó y todos los comprometidos fueron encerrados en la Cárcel de Maracay por unos días, hasta que fueron trasladados a la Cárcel Modelo, en Caracas. Ocho meses después mi suegro fue liberado en teoría, pero empezó un proceso perverso que duró casi diez años. Lo arrestaban, lo encerraban por un breve período en la Seguridad Nacional, y lo soltaban de nuevo por otro período que terminaba cuando de nuevo se presentaban los esbirros a su casa, despertaban a toda la familia, incluidos los niños, registraban inútilmente la casa y se lo llevaban otra vez preso. Pero no se limitaban a eso: no lo dejaban trabajar. Los jueces, al ver su firma en un documento, lo desestimaban automáticamente, por orden del régimen, sin ni siquiera leerlo. Lo acosaban para matar de hambre a toda la familia. Logró defenderse más que todo gracias a la valentía y a la generosidad del joven abogado Luis Enrique Otero Arocha, primo hermano de Emma Arocha de López, que aceptó firmar los escritos y documentos a riesgo de que a él también lo persiguieran.

Dada la situación, la familia tuvo que mudase a una vivienda muy precaria, con techo de cinc, en Los Teques, y Emma tuvo que aceptar un empleo de poca monta para no pasar tanto trabajo. Y mientras tanto, Pérez Jiménez y sus cómplices se daban la gran vida a costa de los sufrimientos de gente decente. De modo que es inaceptable que se diga que la dictadura de Pérez Jiménez fue buena. Por su éxito material se puede llegar a que no fue pésima, pero nuca buena. No puede ser bueno algo que se apoya en el sufrimiento de muchas personas, y sobre todo en el sufrimiento de gente inocente como mi suegra y sus hijos, que eran niños y nada tenían que ver con las causas de que su padre fuera acosado y perseguido. Desde luego, acepto que las democracias, aunque son mucho mejores que las dictaduras, no son perfectas. Por algo Raúl Leoni, uno de los mejores presidentes venezolanos (a mi juicio el mejor), se sintió obligado a declarar públicamente, poco después de dejar la presidencia lo siguiente: “No niego inclusive que, en la aplicación de medidas de defensa colectiva, alguna autoridad, y en muy contada ocasión, haya incurrido en exceso de celo durante la realización de tareas que le habían sido encomendadas.

Capturar a un individuo armado y con antecedentes de peligroso homicida no es lo mismo que detener a un ciudadano cualquiera. Pero ese exceso, estoy seguro de ello, nunca puede haber llegado al atentado contra la integridad física de los detenidos en forma de torturas, ni mucho menos al fusilamiento. Me resisto a creer que semejantes actos puedan haber ocurrido durante mi gobierno y, en el caso de que hubieran ocurrido, nada podrá impedir la acción reparadora de los tribunales de justicia”. Sabía que muchos policías y militares habían cometido actos nada ejemplares, pero, a diferencia de las dictaduras malas y pésimas, esos actos podían ser castigados. En las dictaduras, esos actos, esos abusos, esos crímenes, son celebrados y premiados como una de las formas de que los capos se mantengan en el poder y puedan seguir disfrutando de sus placeres.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.