sábado, julio 31, 2021
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    Eduardo Casanova | Los Conservadores

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    En el Colegio Santiago de León de Caracas, cuando cursé tercer año de bachillerato, nuestro profesor de Historia Universal fue Ramón Adolfo Tovar, que en segundo nos había dado Geografía. Era un profesor excelente, de los mejores que conocí. Se formó en el Pedagógico y estudió en París. Sus clases de geografía fueron memorables, entre otras cosas nos llevó a la Autopista Caracas-La Guaira, que yo conocía muy bien porque su construcción la dirigió mi padre, el Poncho Casanova, y allí nos mostró las capas que forman la tierra, nos hizo ver diferentes tipos de roca, etcétera, Y como profesor de historia era también brillante.

    Su definición del conservatismo fue perfecta: nos dijo que los conservadores son los que aceptan cambiar lo que es indispensable cambiar y conservar lo que vale la pena conservar. En ese tiempo yo había leído todos los tomos de las Memorias de Winston Churchill y me identificaba abiertamente con los conservadores ingleses, de modo que aquella definición me vino como anillo al dedo. Quizás por eso me sentí bien en Integración Republicana, la agrupación fundada en 1958 por los médicos Isaac J. Pardo y Elías Toro y el abogado Manuel Rafael Rivero, o en el uslarismo, en las elecciones de 1963. Pero al mismo tiempo, impulsado por la natural rebelión que mueve a la mayoría de los jóvenes, me acerqué al socialismo, aunque nunca al comunismo, y ya en edad no juvenil me sentí atraído por el MAS, pero no pude, en las elecciones de 1973, votar por José Vicente Rangel, que me pareció un personaje totalmente falso y oportunista, y voté por Carlos Andrés Pérez como algo natural.

    En el MAS podría haberme ubicado en la corriente que se llamó socialdemócrata, en donde estaba mi gran amigo Alonso Palacios, y fui amigo de Teodoro Petkoff, Germán Lairet, “Caraquita” Urbina, Carlos Tablante, etcétera. Pero siempre he creído que Venezuela necesita un polo conservador, una fuerza que modere y frene a la mal llamada izquierda. Cuando el país se formó, luego de independizarse de España y separarse de Colombia, hubo un partido conservador, pero no puede decirse que Páez y los suyos hayan sido realmente conservadores. Poco tenían que ver con eso de cambiar lo que era indispensable cambiar y conservar lo que valía la pena conservar. Eran mucho más elementales y simples. Adversaban a Bolívar y eran en general terratenientes, mientras que sus rivales, los liberales, eran comerciantes y urbanos. Ambos grupos se diferenciaban radicalmente de sus supuestos pares colombianos: en Colombia, los conservadores eran los bolivarianos y los liberales eran los no bolivarianos (siempre se ha dicho que los conservadores colombianos son los que van a misa de once para que los vean y los liberales los que van a la misa de cinco de la mañana para que no los vean).

    Los conservadores venezolanos hicieron buenos gobiernos, pero para aumentar la confusión, se hicieron enemigos del federalismo, tal como Bolívar, mientras que sus rivales, los liberales se decidieron por la idea contraria. En realidad ni los unos eran centralistas ni los otros eran federalistas. Antonio Leocadio Guzmán, uno de los padres del liberalismo venezolano dijo públicamente en 1867: “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros que nos dijimos: Supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea; ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho FEDERACIÓN, nosotros hubiéramos dicho CENTRALISMO!…” Desde la Guerra Federal, en la que los liberales derrotaron a los conservadores, nadie ha querido llamarse conservador ni parecer conservador. El Mocho Hernández llamó a su partido “liberal nacionalista”.

    López Contreras, que aunque salió de las filas del liberalismo es lo más cercano a un conservador clásico que ha tenido nuestro país, utilizó en curioso nombre de “Cívicas bolivarianas” para su movimiento. Copei, que nació como un polo conservador frente a las tendencias socialistas de la primera Acción Democrática, prefirió derivar hacia el socialismo cristiano o socialcristianismo antes de afincarse en el conservatismo. Integración Republicana se negó a ser partido y terminó apoyando a los socialcristianos, y el uslarismo optó por llamarse “Frente Nacional Democrático” y trató en lo posible de parecerse a Copei y a Acción Democrática, razón por la cual fracasó y dejó al país sin ese polo conservador que tanta falta le ha hecho. Esa carencia fue una de las causas de que Venezuela cayera con tanta facilidad en las garras de Hugo Chávez y sus hordas de resentidos y corruptos. El conservatismo, además de poder definirse como hizo para nosotros en profesor Tovar, es más una posición filosófica frente a la vida que una simple doctrina política, y contiene distintas variaciones que bien pueden competir entre sí.

    En los países en los que tiene fuerza, con el tiempo, se ha convertido en una forma sistemática de pensamiento político con posiciones claras y bien definidas. Originalmente se habría podido hablar del conservatismo como una anti-ideología que rechazaba las explicaciones mecánicas de causa y efecto a las que recurren en general las ideologías para explicar los acontecimientos políticos. Hoy se puede hablar de dos grandes tendencias políticas mundiales: las democráticas y las antidemocráticas. Las democráticas incluyen el conservatismo, el liberalismo, el radicalismo, la democracia cristiana, el socialcristianismo, la socialdemocracia y algunos grupos muy específicos como “los verdes”, en tanto que los antidemocráticos son los nacionalsocialistas (nazis), los fascistas, los comunistas, los militaristas, etcétera.

    La mayoría de las ideologías democráticas modernas proponen cambios en el status quo, y ponen el destino de los hombres un sus propias manos, los conservadores, en cambio, son escépticos en cuanto a la noción de progreso y otras proposiciones teleológicas. Para ellos, el hombre es solo un actor más dentro del orden del universo, y como tal, está sujeto a una ley superior. Por eso predican la prudencia, y sobre todo no confían en el estado, como sí lo hacen el mayor o menor grado los demás, sobre todo los antidemocráticos. El conservatismo prefiere limitar el papel del gobierno lo más posible, de manera que solo se encargue de proveer los servicios básicos que por lo general no pueden estar en manos de particulares. Por eso los conservadores tienden a favorecer la privatización y la descentralización, de tal manera que el gobierno juegue un papel mínimo en los asuntos de la sociedad.

    En ese sentido, conservadores y liberales, o como suelen llamarlos, neoliberales, pueden parecerse. Algunos más pensadores que políticos, como Arturo Uslar Pietri y mi primo Marcel Granier H., trataron de que el conservatismo, o el neoliberalismo, se expresara y tuviera vigencia para compensar las tendencias estatistas que parecían destinadas a ser las dominantes, en buena parte porque en Venezuela todo llegó a depender del petróleo. No lo consiguieron, y el país lo pagó muy caro. Hoy, el conservatismo es una verdadera necesidad, pero subsiste el pudor y la negativa a llamar las cosas por su nombre. María Corina Machado, que podría haber organizado una fuerza conservadora, prefirió esconderse tras el inocuo nombre de “Vente” y no hablar claro. Ojalá la dura experiencia del país arruinado por el chavismo, que contrariamente lo que mucha gente cree llegó a ser una verdadera mayoría, nos haga entender que necesitamos una fuerza conservadora, una fuerza que regule y advierta con seriedad contra la improvisación y los disparates políticos y económicos.

    Eduardo Casanova | Los Conservadores 3
    Eduardo Casanova
    Eduardo Casanova Sucre Caracas, 1939. Novelista, ensayista, autor teatral. Ex Director del CELARG, ex Presidente de la Fundación CELARG. Ex Director General de Relaciones Culturales del MRE.

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