Eduardo Casanova | Socialismo, dictadura y corrupción

Eduardo Casanova Sucre

El socialismo en cualquiera de sus variantes (comunismo, fascismo, nacionalsocialismo, populismo) implica dictadura. Así lo proclamaron Karl Marx, Lenin, Mussolini y todos los que lo han practicado, incluido el padre del peor de todos, que es el “socialismo del siglo XXI”. Y por una ley no escrita, pero muy fácil de explicar, toda dictadura implica corrupción. Y no ha habido una sola excepción a ambos postulados. En la Rusia comunista (URSS) los altos jefes se apropiaron de palacetes y “dachas” de los jefes zaristas para su uso personal, y mientras el pueblo ruso pasaba todo tipo de trabajos y hasta moría de hambre, ellos engordaban y se daban la gran vida.

En Norcorea es igual. En China pude verlo y comprobarlo cuando fui embajador de Venezuela en Beijing: los altos jefes comunistas se hicieron una “Ciudad Prohibida” vecina a la Ciudad Prohibida de los antiguos emperadores, y uno ve a los altos jefes y sus familias con automóviles de lujo, mucho mejor vestidos que los demás y gozando sus riquezas en discotecas y restaurantes de lujo que en teoría solo son para turistas y diplomáticos. Y en Cuba, cuando estuve como turista en 1980, también pude comprobar la riqueza desmedida de los jefes, que disfrutaban de todas las ventajas del poder. Un ministro, un miembro del gabinete ejecutivo (ministro del poder popular para la Vivienda), a quien conocí como embajador de su país en Dinamarca cuando yo lo fui de Venezuela, fue a visitarme al Hotel “Habana Libre” (Hilton), al que no dejaban entrar a los cubanos. No solamente entró, sino que nos invitó a almorzar a todo trapo, y me dejó de regalo una botella de whisky escocés de las más caras. Además me di cuenta del juego perverso del lavado de cerebro, que es una de las bazas del régimen cubano. Salí de la isla horrorizado.

Convencido de que el régimen de Castro no era otra cosa que una tiranía personal, una vil oligarquía, producto del socialismo. Por eso, cuando no mucho tiempo después empezaron las reformas propuestas y ejecutadas por Mijaíl Gorbachov, me di cuenta de que algo muy importante iba a pasar en la URSS y en el mundo en cosa de pocos años. Gorbachov, nacido el 2 de marzo de 1931 en Privólnoie (Krai de Stávropol), cerca del Cáucaso, en la RSFS de Rusia, es de familia campesina, lo que demuestra que no todo fue malo en la revolución rusa de 1917, pues antes de ella habría sido imposible que un campesino llegara a convertirse en gobernante de su país. En 1946 entró Unión Comunista de la Juventud (Komsomol) y durante cuatro años fue operador ayudante en una cosechadora de cereales, en la estación de máquinas y tractores de su localidad.

En 1950 empezó a estudiar en la Universidad Estatal de Moscú, y en 1952 ingresó al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). En 1955, obtuvo el título de licenciado en Derecho por la Universidad de Moscú, y poco después se convirtió en el primer graduado universitario en llegar el puesto de Secretario General del PCUS sin haber estudiado en la Escuela Superior del Partido (VPSh). Después de terminar su carrera universitaria, su carrea política fue notable, hasta alcanzar la cumbre, que fue su elección como Secretario General del Partido Comunista en 1985. Y fue entonces cuando anunció que la economía soviética estaba estancada y que la reorganización era indispensable.

Al principio  sus reformas fueron llamadas “uskoréniye” (aceleración), pero después los términos “glasnost” (liberalización, apertura, transparencia) y “perestroika” (reconstrucción) se impusieron. Y esos términos, transparencia y reconstrucción, fueron los que me hicieron pensar que el comunismo tenía sus días contados: con transparencia no puede haber corrupción, y sin corrupción no puede haber comunismo, que es una de las peores formas de socialismo. Y, en efecto, a partir del anuncio de la  perestroika y sus reformas radicales, en el XXVII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, entre febrero y marzo de 1986, empezaron los cambios radicales, a pesar del bloqueo de los comunistas conservadores.

Parecía, sin embargo, que iban muy despacio, pero  el accidente de Chernóbil (26 de abril de 1986), a pesar de que generó muchas críticas a Gorbachov, permitió un mayor impulso nacional e internacional para proseguir con la reforma, pues en ese accidente fue muy importante el ocultamiento de los hechos por parte de los militares y del “establishment” científico, muy ligado al comunismo. Para hacer el cuento corto, en 1988, debido a la glasnost de Gorbachov, que dio nuevas libertades individuales a los ciudadanos, como una mayor libertad de expresión y libertad de religión, todo empezó a cambiar.

La admiración clandestina de los jóvenes por la música popular americana y occidental, así como por los “blujeans” y las franelas, dejó de ser pecado mortal, se permitió la propiedad  privada  de las empresas de servicios, la industria manufacturera y los sectores de comercio exterior, se trató de castigar la corrupción, etcétera Y en noviembre de 1989, se produjo la caída del Muro de Berlín, a la que contribuyó decisivamente la política exterior del gobierno de Gorbachov. Y por fin, el 25 de diciembre de 1991 quedó disuelta la Unión Soviética y el comunismo fue derrotado en el este de Europa, y así quedó demostrado que el socialismo no puede sobrevivir si hay democracia o, mejor dicho, si la dictadura no es implacable y si se combate la corrupción. Lamentablemente Rusia, después del comunismo, no se corrigió del todo.

El comunismo acostumbró a los rusos de a pie a convivir con la corrupción y a someterse al gobierno, que hoy es populista, es decir, muy cercano al socialismo. Habrá que esperar que el tiempo corrija ese efecto perverso del socialismo.

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