Eduardo Sapene | ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

Eduardo Sapene

“Una historia china habla de un anciano labrador, viudo y muy pobre, que vivía en una aldea, también muy necesitada.

Un cálido día de verano, un precioso caballo salvaje, joven y fuerte, descendió de los prados de las montañas a buscar comida y bebida en la aldea. Ese verano, de intenso sol y escaso de lluvias, había quemado los pastos y apenas quedaba gota en los arroyos. De modo que el caballo buscaba desesperado la comida y bebida con las que sobrevivir.

Quiso el destino que el animal fuera a parar al establo del anciano labrador, donde encontró la comida y la bebida deseadas. El hijo del anciano, al oír el ruido de los cascos del caballo en el establo, y al constatar que un magnífico ejemplar había entrado en su propiedad, decidió poner la madera en la puerta de la cuadra para impedir su salida.

La noticia corrió a toda velocidad por la aldea y los vecinos fueron a felicitar al anciano labrador y a su hijo. Era una gran suerte que ese bello y joven rocín salvaje fuera a parar a su establo. Era en verdad un animal que costaría mucho dinero si tuviera que ser comprado. Pero ahí estaba, en el establo, saciando tranquilamente su hambre y sed.

Cuando los vecinos del anciano labrador se acercaron para felicitarle por tal regalo inesperado de la vida, el labrador les replicó: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. Y los vecinos no entendieron… 

Un día el caballo se escapó a las montañas. Al enterarse los vecinos acudieron a consolar al granjero por su pérdida. “Qué mala suerte”, le decían. El granjero les respondía: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Unos días más tarde el caballo regresó trayendo consigo varios caballos salvajes. Los vecinos fueron a casa del granjero, esta vez a felicitarle por su buena suerte. El granjero les respondía: “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!” y ya los vecinos lo entendían claramente.

El hijo del granjero intentó domar a uno de los caballos salvajes pero se cayó y se rompió una pierna. Otra vez, los vecinos se lamentaban de la mala suerte del granjero y otra vez el anciano granjero les contestó: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Días más tarde aparecieron en el pueblo los oficiales de reclutamiento para llevarse a los jóvenes al ejército. El hijo del granjero fue rechazado por tener la pierna rota. Los aldeanos comentaban la buena suerte del granjero y éste les dijo: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”.

Más que un cuento, para mí, es una profunda reflexión de vida que se adapta, perfectamente, a nuestra realidad venezolana. Y es cierto que, en muchas ocasiones, lo que nos parece una bendición acaba convirtiéndose en una pesadilla, mientras que en tantas otras, lo que parece un revés, quizás nos abre la puerta a una situación que, con el paso del tiempo, agradeceremos.

Nunca antes, en nuestra historia republicana, la ciudadanía había estado más desinformada que hoy día, por el silenciamiento forzoso de los principales medios independientes de comunicación, por parte de la dictadura, y el control que ejercen sobre la población con su llamada “Hegemonía Comunicacional”.

La manipulación de las informaciones, en los llamados laboratorios de guerra sucia, y la fecunda propagación de noticias falsas en las llamadas redes sociales, por parte de los agentes del régimen, confunden a diario a un público ávido de conocer la verdad.

Un ejemplo perfecto de lo antes dicho fue la tergiversación que hizo el régimen en días pasados, sobre la llamada “Operación Gedeón”, supuesta invasión a Venezuela por grupos comando que generó las más diversas reacciones y sembró entre la población un océano de dudas, que podrían haber favorecido a la dictadura al tratar de desacreditar al gobierno interino de Juan Guaidó con un libreto, parcial y limitado, poco creíble y digno de lo que ya nos tienen acostumbrados los agentes de la inteligencia castrista.

El cuento del viejo labrador y su hijo es una breve historia que nos hace reflexionar sobre el signo de las circunstancias que vivimos en la vida, y sobre cómo en determinadas ocasiones la lectura que podemos hacer de los acontecimientos, al ser a menudo parcial y limitada, no nos deja ver lecciones ulteriores que la vida nos muestra con el paso del tiempo. 

Para aquellos que se frotan las manos dentro del régimen y a sus colaboracionistas de las redes sociales, quienes ríen como hienas pensando que lograron sus objetivos al sembrar en la opinión pública su propio cuento chino de “La Operación Gedeón” les recuerdo las palabras del anciano y sabio labrador: ¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”. 

Deja un comentario