Gustavo Roosen | ¿Aprenderemos la lección?

Gustavo Roosen

Pensadores de todas las tendencias han detenido por el momento su propia línea de reflexión para centrarse en las lecciones que podrían derivarse de la pandemia que ha cambiado de manera tan significativa la vida y las perspectivas de la gente en todo el mundo. Se esmeran en buscar las lecciones de lo que nos pasa y de anticipar el futuro posible. 

La coincidencia entre muchos de ellos es la constatación de la fragilidad humana y la advertencia sobre la profundidad de los cambios y sobre nuestros propios errores. Uno de esos errores es lo que algunos llaman “arrogancia” y que se manifiesta en esa actitud o postura de una humanidad segura de saberlo todo y de dominarlo todo, sin límites para su crecimiento y para sus expectativas. Un pequeño virus, piensan, nos ha vuelto a la realidad de nuestra fragilidad, de nuestra dependencia, de nuestra condición de apenas parte minúscula de un universo finito. A nivel más personal es la conciencia de la fragilidad, pero también de la presencia del otro, de mutua dependencia, del destino común. La lección no parece ser otra que la de la humildad frente a la soberbia.

Rafael Oslé, profesor en el Centro de Derecho y Religión de la Universidad de Emory y catedrático en la Universidad de Navarra, resume a su modo la lección cuando dice que “lo primero que nos ha enseñado esta crisis es a aceptar la propia fragilidad”. La conciencia de fragilidad se acentúa cuando percibimos, como humanidad, menos seguridades, más dependencia, perplejidad ante lo que no sabemos de la naturaleza y de nosotros mismos. La crisis en que vivimos nos vuelve a poner los pies en la tierra, afirma la idea de los límites y de las consecuencias de transgredirlos. “Los seres humanos sentimos que hemos dominado la naturaleza, que hemos dominado la tecnología, que somos los amos del universo”, dice Venkatraman Ramakrishnan, Nobel de Química 2009. La tecnología, advierte, se ha impuesto como la gran constructora de un modo de progreso sin límite. Sin embargo, la gran industria de la biotecnología no consigue aun poner freno a las mutaciones virales con las que la naturaleza está sacudiendo ahora mismo al mundo. 

Las reacciones ante la pandemia han sido de todo orden, incluidas las más arrogantes y menos inteligentes, pero también las que han mostrado nuestra capacidad para entender el riesgo, sentirnos parte de la solución, aceptar o promover una disciplina social que se afirma en el sentido común y en la solidaridad. Frente al individualismo, han surgido comportamientos sociales inspirados en la consideración del otro. Nos hemos demostrado que somos capaces de asumir pequeños y grandes compromisos en nombre de la solidaridad. Comenzamos a insertar de manera real en nuestra vida la responsabilidad ambiental. 

Pensando en Venezuela, la lección de humildad debería llevarnos a una pregunta: en qué momento nos equivocamos y pasamos a creernos ricos, poderosos, enrolados en el bloque de los ganadores, con o sin mérito, o por solo la gracia de la naturaleza. La arrogante frase de “condenados al éxito” fue tomando forma primero en una conducta dilapidadora y luego en la soberbia de una revolución sin futuro, con presunción de infalibilidad, incapaz de reconocer sus errores y de corregirlos.

Si la pandemia llega a significar de verdad una lección de humildad para la humanidad, haríamos bien en pensar en el valor de esta lección para la reconstrucción del país. Solo quien asuma esa labor con humildad podrá liderar con éxito una misión colectiva en cuya base está la confianza de la gente. El liderazgo necesario es un liderazgo realista, construido sobre la verdad, ajeno a los alardes y a las promesas imposibles, capaz de ganar adhesiones estables más que aplausos. 

La sostenibilidad del país no puede cimentarse en la arrogancia sino en la humidad, en el reconocimiento de nuestras capacidades, pero también de nuestras debilidades, en una cultura de valores y normas, de aprecio efectivo por lo importante, de visión compartida del mundo y de la vida. Cultivar una cultura de humildad frente a una de soberbia es parte de la función del nuevo necesario liderazgo. 

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