Gustavo Roosen | Audacia para pensar más allá

Gustavo Roosen

Elevarse sobre el presente y atreverse a pensar el futuro de largo plazo, no interesa a la política inmediatista ni genera réditos medibles en aplausos. Hacerlo, sin embargo, es indispensable. Es imperativo ocuparse de esta tarea, cuyo cumplimiento requiere del concurso de los mejores. De allí la importancia de conformar grupos de reflexión que la asuman, persuadidos de que anticipar el futuro es el primer paso para construirlo y condición necesaria para no ser sorprendidos o no quedar, como país, al margen o entre los perdedores.

Cuando se asume la tarea de imaginarse al país en términos de su futuro es preciso determinar con claridad la visión que sus dirigentes tienen de su realidad actual al igual que de la posición que le tocará asumir en mundo cambiante. Retos como la digitalización, la descarbonización, la protección del ambiente están ya presentes en el ambiente y son fenómenos sobre los cuales es preciso actuar de inmediato. En el ámbito internacional, el multilateralismo, por igual, se dibuja como un gran interrogante que reclama asumir posiciones tempranas, efectuar alianzas y conseguir socios, derribar fronteras, construir nuevas relaciones.      

El abordaje de lo globalidad implica ocuparse de un género de relaciones internacionales que supere el esquema de bloques antagónicos, de hegemonías absolutistas y de unilateralismos. La dinámica de la economía no solo ha generado cambios en los equilibrios de poder sino también en la amplitud y diversidad de las relaciones. Percibir esta realidad supone, por ejemplo, para Venezuela, considerar que se abren otros espacios para la interacción más allá de lo que considera su ámbito natural, vale decir el continente americano y el mundo occidental. Así, pensar el futuro incluye, entre otras dimensiones, una apertura a los países asiáticos y a las posibilidades que esa relación pudiera aportar a una nueva Venezuela, incluso a una Venezuela parcialmente desasociada del petróleo como fuente única de crecimiento y de bienestar. La pretensión de soluciones aisladas, limitadas o poco flexibles no funciona en un orden mundial afectado permanentemente por el juego de poder, las necesidades de la convivencia y el difícil equilibrio entre colaboración y competencia. 

Todo indica que es hora de mirar más a Asia, de pensar en estrategias para entender mejor esa cultura y los cambios que se vienen generando en ella, pero especialmente para calibrar el peso que tendrá en el mundo, las posibilidades que ofrece, la dirección que marcará en la economía planetaria. Entenderlo permitirá relacionarse positivamente con ese mundo y conducir ese esfuerzo a potenciar nuestro propio desarrollo. 

Para enriquecer esa visión más global será de mucha utilidad la experiencia de la diáspora venezolana, especialmente de la mejor formada, la más inquieta, la más preparada para interpretar el mundo y vincular esa realidad con la propia, la del país al que muchos de ellos están dispuestos a volver para ser parte de su recuperación. Esa reflexión puede ser el gran tema que los convoque y abra al país la oportunidad de sacar partido de su experiencia. Ellos pueden ser la base de un equipo de pensamiento que se plantee una visión de largo plazo, de inserción verdadera de Venezuela en el multilateralismo, que contemple los lazos naturales con Occidente pero también la importancia de otros actores y de su papel en el equilibrio de las relaciones económicas y de poder en el mundo.

El futuro de Venezuela pasa por superar el inmediatismo y aceptar el reto de insertarse con voz propia, talento y respetabilidad en un mundo plural y cambiante. Pensar en el futuro es superar las sombras del presente. Hacerlo supone visión de grandeza, audacia e inteligencia, ambición y realismo, sin las amarras del corto plazo y de las pasiones políticas inmediatistas. Ocuparse hoy del futuro no es abandonar el trabajo por el presente ni dejarlo como responsabilidad de otros. Es, por el contrario, la mejor manera de generar razones para la acción y la esperanza, así como de poner en dimensión los esfuerzos de hoy, valorarlos y sumarse a ellos.

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