@cincuentasticas|Repite conmigo: “YO SOY MI JEFA”. Punto.

Minin Arevalo

Estamos en el mundo del emprendimiento. Nos la pasamos tratando de crear productos y servicios, de innovar en el mercado con cosas, objetos y propuestas diferentes. Nos inventamos desde boutiques a bordo de vans que se paran en las esquinas a vender faldas y leggins hasta pasta tipo paleo de garbanzo y sin nada de harina de ningún tipo.

Sí, en todas esas andamos y nos jactamos de hacerlo. Damos clases magistrales de lo echadas para adelante que somos, de la cantidad incontable de horas que trabajamos al día y por semanas, de cómo nos combinamos para hacer el almuerzo, ir a una reunión de negocios, planchar la ropa, pasear el perro y lavar el carro, todo con las uñas perfectas y el cabello sin raíces.

Nos creemos súper poderosas. Wonder Woman en versión latina y tropical pues. Perooooo. Siempre hay un pero.

¿Cobras el precio justo?

Ese es el pero. Ponerle el precio a nuestro trabajo. Como sabrás, todos los martes y los jueves, a las 8:30 en punto –y aunque en principio es media hora, siempre se extiende. Hago un live de Instagram a través de mi cuenta @cincuentasticas, con mi amiga y maestra espiritual Adriana Pérez. La semana pasada se armó todo un debate con las innumerables mujeres que se conectaron para escuchar esa edición de “Emprender desde el corazón”, como se llama el espacio.

Ese debate, justamente, tuvo que ver con el precio de nuestro trabajo. Con eso que tanto nos cuesta sacar: las cuentas de cuánto vale lo que sabemos hacer.

Entonces, a estas alturas de este artículo, tú dirás: bueno mija y qué tiene que ver eso con que YO SOY MI JEFA? Si trabajo por mi cuenta, obvio que soy mi jefa. Cero descubrimiento del agua tibia.

No es tan así. Ya va. Sigue leyendo y lleguemos juntas hasta el final.

Ser nuestra propia jefa no es solamente trabajar en tu casa, arriba del sofá o en pijama. No se trata nada más que de decidir si el lunes lo usas para hornear tus productos, hacer diseños o irte para la playa porque no le rindes cuentas a nadie. Y allí es donde radica el principal error.

Ser nuestra propia implica también saber darle el valor a nuestro trabajo. Y al darle valor a eso que hacemos, le buscamos el precio correcto.

Saber cobrar. That is the question

La mayor cantidad de emprendedoras que conozco hace maravillas. Desde extraordinarias coffee cakes libres de gluten y azúcar pero llenas de sabor, hasta galletas con una hendija que sirve para colgarlas de las tazas. Todo eso, pasando por aquellas que diseñan accesorios espectaculares, que hacen sanaciones biomagnéticas, Barras Access, son expertas en hipotecas y reparación de crédito o en comida cetogénica.

La mayoría de ellas no cobra el precio justo. Ojo y cuando digo el precio justo no solo lo digo por lo bajo, sino también por lo alto que a veces puede resultar comprarles una rosquilla.

Entonces amiga mía, es importante que sepas cuánto puedes cobrar, pero sobre todo, cuánto debes y TIENES que cobrar por tu trabajo. ¿Y quién es el que pone los sueldos? Exacto. La Jefa.

Estructura, de allí sale el monto perfecto

No es preciso que seas ingeniera de la Nasa (que si eres, que emoción, pero seguro no necesitas hacer una lista de costos para ponerte el sueldo). Toma papel y lápiz, sírvete un cafecito bien caliente. Agarra tu calculadora y comienza a crear tu estructura.

Apunta en columnas, líneas, cuadritos o cómo se te haga más fácil cuánto te cuesta a ti hacer lo que tú haces. Si es una torta, no solo calcules el precio de los ingredientes. Recuerda también la importancia de poner un porcentaje de la luz o el gas, la gasolina que usas para transportar tus productos, el costo de la mesa si vendes en un farmet market o un bazar y todos esos elementos que ya tu sabes.

A ese número le vas a sumar lo que de verdad le da valor a tu trabajo: tu experiencia.

Otra vez estás pensando que me volví loca y que eso es incalculable. Pues no. Ni estoy loca ni es incalculable. Fíjate bien. Si estudiaste pastelería, por ejemplo, al hacerlo tuviste que invertir un dinero en pagar el curso. Pero también, compraste materiales, usaste transporte, te trasnochaste estudiado y le pusiste alma, vida, corazón y un montón de horas hombre. Esa es la columna más importante de tu estructura. Piensa. Suma, calcula y ponle el precio a esa experiencia.

Vamos a ver: US$500 en curso, US$175 en materiales, US$200 en gasolina para ir y venir, US$100 en misceláneos y más o menos unas 200 horas invertidas, que si las calculas a US$8 por hora como es aproximadamente en Florida, eso te da US$1,600. Total de inversión: US$2,475 dividido entre esas 200 horas que le pusiste todo tu empeño a la cosa, nos da unos US$12,3 por hora actual de trabajo.

Ahora, toma el monto de lo que inviertes en hacer lo que haces y súmale el monto de tu hora hombre actual. Cuando tengas ese número agrégale los impuestos que tienes que pagar una vez al año y 20% de experiencia acumulada de vida y voilá! Allí tienes lo que vas a cobrar.

Esto no es una fórmula matemática. Ni siquiera tengo la menor idea de si así lo hacen los contadores, pero te aseguro que es una manera mucho más certera de saber cobrar. Cuando tengas ese número te sentirás además de poderosa, la dueña de tu mundo. Y allí, de nuevo, te pararás frente al espejo para repetir conmigo en voy alta y fuerte: YO SOY LA JEFA. Punto. Al menos, ya sabrás ponerte el sueldo.

Nos leemos el jueves!

Deja un comentario